““Nunca odies a tu enemigo”, aconsejaba Al Pacino, haciendo el papel de Michael Corleone en El Padrino III, a su ahijado y potencial sucesor Andy García. Estaba malherido y necesitaba barrer a los otros capos: no lo convocaba a la piedad ni a poner la otra mejilla. Le daba un consejo táctico: el odio enceguece, conspira contra la eficacia. No odies, si querés vencer.
Si eso ocurría entre mafiosos en guerra, sin límites en los medios a utilizar, el consejo vale doblemente para la competencia democrática, encuadrada en reglas y limitaciones en la lucha.
El odio ha sido mencionado muchas veces desde que Néstor Kirchner se internó de apuro el sábado a la noche. Es un caso flagrante de proyección: sus adversarios, políticos y mediáticos, viven inmersos en el odio pero lo colocan en la mochila del ex presidente y actual diputado. Proliferan “médicos descalzos” entre diputados, senadores y formadores de opinión: todos pueden diagnosticar la causa psicosomática del problema cardiovascular de Kirchner. Es el odio que circula por sus venas. Se ignora, hasta nueva orden, si extienden el perspicaz dictamen a todas las personas que padecen afecciones semejantes. Tampoco se sabe, y esta nota evitará la tentación de citarlos, cuántos integrantes del Grupo A (de su conducción corporativa o de sus seguidores políticos, diputados o senadores) sufren problemas semejantes o enfermedades más graves. Y, si en su caso, también la monocausa es el odio.
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El odio induce a errores o a desmesuras, en política suele emparentarse con la impotencia. Quienes especulan con la finitud de Kirchner dieron por muerto varias veces al kirchnerismo. Sus profecías fallaron, hasta ahora: su impaciencia crece. El kirchnerismo no es un pato rengo desde el “voto no positivo” de 2008 ni desde la derrota electoral de 2009. El Grupo A no lo pasó por arriba en el Congreso. En el último año, salvo el diputado Ricardo Alfonsín, los principales presidenciables opositores han perdido terreno por razones variadas, con el factor común de su inoperancia para interpelar a la sociedad, plantear un proyecto alternativo o trascender las internas en su propia facción o con los compañeros de ruta.
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Nada le asegura al oficialismo la victoria del año próximo aunque sí es verosímil que mantendrá la gobernabilidad, la firmeza en el ejercicio del poder político. El escenario electoral es abierto, muy abierto. Eso sí: más arduo de predecir que hace un año. He ahí un acicate a la furia, al descontrol verbal, a derrapes, a la falta de sensibilidad humana. Y, lo que es más relevante en términos pragmáticos, a la propensión al error.
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El acto de ayer en el Luna Park muestra una faceta del kirchnerismo que saca de quicio a sus adversarios: tiene organización política y una capacidad de movilización superior a la de cualquiera de sus alternativas. También lleva la punta en apoyos de intelectuales, artistas, músicos, trabajadores de la cultura, de sindicatos y de movimientos sociales. Intérpretes enardecidos ven plata circulando donde hay acompañamiento social, conjunción de valores e intereses”.
(Leer completa la nota de Mario Wainfeld haciendo click acá)



Y de últimas, el odio, es una pasión. Alguien te tiene que hacer vibrar mucho para que le tengas odio. Y nadie te hace vibrar si no te provoa una emoción muy fuerte. Complejo el tema…