por Analía Lorenzo (especial desde México, DF)
Acá estamos, sentados en el borde de un volcán, en una ciudad a la que llaman valle pero que es una cuenca, y rodeada de “cerros” que tampoco son lo que dicen ser. Por todas partes hay calles que son ríos y lagos que son desiertos. Tiene algo de poético, pero esto que les cuento es tan verdad como que estoy sentada sobre un volcán.
En la cuenca del valle de México -donde se encuentra el Distrito Federal y yo misma-, hay alrededor de 900 volcanes, y se calculan en la región centro del país -de Atlántico a Pacífico-, alrededor de cinco mil. Los hay de todo tipo: jóvenes que irrumpen de un día para el otro, viejos testigos de estas tierras, los que tienen lagunas turquesas o cuevas misteriosas, activos e inactivos, altos y bajos, hombres y mujeres. No es broma, la sabiduría popular los agrupa de a dos en la mayoría de los casos.
A 55km de la ciudad capital se yergue el Popocateptl (‘Montaña que humea’, en Náhuatl), o Don Goyo como gustan decirles sus vecinos de hoy. El Popo observa y cuida a su mujer dormida, un inmenso volcán de cima nevada, el Iztaccíhuatl, al que se encuentra unido por el paso de Cortés. El Popo es un tipo alto, mide 5,452 msnm, y en su cima yacen glaciares perennes. Lo más atractivo, pienso mientras lo miro a través de mi ventana, es que está completamente activo.
Por suerte, desde la otra ventana veo el Xitle, más conocido como Ajusco, otro monte humeador extinto hace miles de años, según dicen, y espero estén en lo cierto.
Como es sabido, los volcanes son fuentes sísmicas y no es novedad que esta ciudad se mueve. Pero no tiembla sólo por las violencias tectónicas, ni tampoco gracias a la inmensa falla de San Andrés que atraviesa como una cicatriz a la colonia Roma, en donde trabajo. También tiembla por el detalle de que está construida sobre el agua (a cincuenta metros se encuentra el primer suelo firme para plantar cimientos) y como hay agua, se extrae para su consumo. Si se tiene en cuenta que la ciudad y alrededores contiene 20 millones de habitantes que se bañan a diario, no resulta difícil entender porqué la gran mancha urbana construida sobre la acuosa cuenca de sus volcanes, también se hunde.
Esto pienso mientras pienso en Japón, los japoneses inventaron la palabra tsunami, ‘ola que llega al puerto’… La verdadera emergencia que generó el tremendo sacudón de 9 grados del 11 de marzo, es ciertamente por un ‘daño colateral’, completamente humano: la cuestión nuclear.
Y mientras los ecologistas ponen el grito en el cielo y confabulan apocalipsis, millones de japoneses solo piensan en superar el luto, que les vuelva la luz y la frecuencia de los trenes, que se construyan las escuelas y vuelva la normalidad. La cultura japonesa es impecable en muchos sentidos y está hecha de agua y sismos. Escasea el petróleo, justamente porque la mayoría de la energía japonesa proviene de centrales nucleares. Los japoneses conocen la energía nuclear en Hiroshima propia, pero también comprenden que es de las energías más poderosas y ‘ecológicas’ que hay, guste a quien le guste.
Cuando sucedió el desastre natural japonés, días más días menos tembló en China, Myamar y Filipinas. Eso sin contar que Pakistán está anegada por las inundaciones hace más de seis meses. Ahora bien, yo no sé como se conforman los suelos y fuerzas de todos estos países pero leyendo sobre el terruño mexicano, antiguo por donde se lo mire, me queda claro que la tierra decide acomodarse a su mejor saber y entender y lo de arriba, que se adapte.
No me imagino, hace algunos miles de años atrás, a los mexicanos responsabilizándose de cinco mil volcanes eruptando. Ni siquiera imagino a los chilenos, en el cataclismo de 1960, culpando a la capa de ozono. Me inclino más por Namazu, Daimyojin, Trentren, Poseidón, Chibchacum, Atlas, Raumoko, Tláloc o Apolo… A mí me gusta creer que los hombres somos responsables solamente de lo que hacemos con la propia especie. Y la propia especie es sumamente ingeniosa para sobrevivir y pasarla bomba. Aunque algunos más que otros. Y ahora pienso también en Haití.
Hace poco hablé con un médico que dio asistencia básica a los haitianos durante la epidemia de cólera. Porque claro, Haití no sólo NO es país sísmico sino que hacía más de un siglo que no tenía cólera. ‘Un país maldito, con un pueblo que grita y lo callan con pólvora’, describió mi amigo, que estaba allá. Lo que terminó de caer en Haití fueron los restos de su propia ruina.
En las noticias dicen que el agua en Japón es potable para consumo humano y que llevará cinco años reconstruir los daños, a los niveles de vida de Japón. Por lo menos cien kilómetros a la redonda del área nuclear fueron evacuadas el día uno de la emergencia, sólo quedaron los trabajadores haciendo su labor. Los especialistas señalan que es imprudente hablar de crisis humanitaria en el país asiático, no es así, los recursos están, el gobierno funciona.
Hace más de un año, alrededor de 250 mil haitianos murieron en el terremoto, y otros 300 mil se infectaron de cólera. Según se sabe el cólera llegó gracias a la contaminación del río Artibonite, por cascos azules de la ONU, que lo traían desde África. Hoy, Haití sigue siendo zona de desastre, ni una vivienda levantada, ni un hospital reparado. Todo está como quedó después de la catástrofe. El dinero está detenido, me comentaron. Los miles de millones recaudados para esa mitad de isla, están en un limbo. Nadie confía en nadie. Nadie larga un peso porque todos saben que se lo van a robar. Eso es contaminación ambiental y no mamadas.


