Una publicación efímera, como todo

Las máscaras de la Historia

In Opinión, por Caty Giménez on 16 julio, 2012 at 8:30

por Caty Giménez

Desde un tiempo a esta parte una viene pensando en analogías y antítesis con respecto a los hombres ilustres de nuestra historia. Los mitos (y no tanto) tejidos como manta de Penélope alrededor de sus figuras, que en algunos casos los vuelven máscaras o bronce, según quien los cuente.

Penélope, esa que tejía y destejía esperando a Odiseo, y que, seguramente, en cada punto entramaba sus deseos y angustias y temores. De saber que esperaba a su amado pero también de saber que luego de tantos años podía ser un desconocido.

La historia entrama pasiones y delirios, fantasmas y leyendas, actos valientes o cobardes, que dan la medida del Hombre y su templanza. Y seguramente, es con el transcurrir del tiempo que esas pasiones agitadas como controversiales se pueden resolver, atemperando los odios o poniendo luz sobre oscuras fantasías que en su momento fueron necesarias. Ahí es donde el tejido de la esposa griega se une a la comparación. ¿Quiénes son, en definitiva aquéllos que hacen la historia, nuestra historia? Los que conocemos hoy como próceres o los de carne y hueso que no tenían muchas opciones para ser lo que el momento esperaba que fuesen.

A la luz de lo que pasa en esta crisis globalizada, las lecturas sobre cada uno de estos actores tiene el matiz de quien escribe la anécdota, de quien a padece, o aprovecha o disfruta.

Zapatero en España cae aplastado por una serie de medidas que profundizaron la crisis, pero Rajoy no está llevando las de ganar y cosecha críticas feroces a tono con las que recibía su antecesor.

Irlanda pasa por momentos duros, y también hace una lectura de sus actores según el prisma de quienes se ven favorecidos o perjudicados. Ajustes tras ajustes, Europa está viendo tambalear un modelo económico que le está resultando difícil de sostener. Y las voces de los que proponen las soluciones resuenan como eco en América, ineludiblemente.

Esto de las voces trae a la memoria a José Castelli, uno de los hombres de la Revolución más comprometido con la causa americana y seguramente uno de los que menos se estudia en la escuela.  La mirada desde otra perspectiva de Manuel Belgrano en este siglo que pasó, rescatado como el general  y no como el pobre abogado al que no le quedaba otra por hacer nos muestra la locura genial de los que engendraron y dieron a  luz una Revolución cargada con  las contradicciones que parecen marcar a Latinoamérica.

Recuerdo las palabras puestas en boca de Belgrano en la obra de Juan Bautista Alberdi , El 24 o la revolución” :

Belgrano. —Nosotros somos esos locos; ¿lo saben us­tedes, mis amigos? ¡Somos locos, porque pensamos que hay una justicia eterna que es llamada a gober­nar el mundo; somos locos, porque pensamos que todos los hombres nacen iguales y libres, que lo mismo en religión que en política ellos tienen dere­chos y deberes uniformes a los ojos del Cielo; somos locos, porque pensamos que todos los pueblos son libres y soberanos, y que no hay más legitimidad política en el mundo, que la que procede de sus voluntades; somos locos, porque pensamos que el rei­no de la razón ha de venir algún día; somos locos por­que no queremos creer que los tiranos, y la impostura y la infamia, han de gobernar eternamente sobre la tierra; somos locos, porque no queremos creer que nada hay en el mundo de positivo y de perpetuo, fuera de las cadenas, los cañones, el plomo y el crimen! Por eso somos locos, sí, y si por eso somos locos, yo me lleno de orgullo en ser loco de ese modo. Yo me en­noblezco con la locura de creer como creo, que un sepulcro está cavado ya para nuestros tiranos, que la libertad viene, que el reinado del pueblo ya se acer­ca, que una grande época va a comenzar.”

Puestos a discernir  sobre la locura de los cambios, el  héroe no tiene demasiadas opciones, o sigue el camino del llamado bien común y agoniza en cada metamorfosis lo que alguna vez fue como individuo, o renuncia a él y se vuelve a su casa. Seguramente no tan pobres como les tocó a estos de quienes hoy escribo, Belgrano y Castelli.

La historia está plagada de paradojas y  la historia argentina no es la excepción.  Entre ellas está la de que el orador de la Revolución termina sus días con cáncer de lengua, juzgado y perseguido por acciones que en el fragor de los días que se continuaron al 25 de mayo, no dejaban tiempo a pensar en las consecuencias que podrían acarrear a sus vidas. La construcción de una nueva Nación ponía en marcha una maquinaria que resultó perversa para muchos. Intereses extranjeros que, en ese momento, apenas podían percibirse pero que tenían astutos secuaces en América.

Destino de los próceres en una América exuberante hasta en las formas de amarlos u odiarlos, ensalzarlos o derrocarlos sin miramientos. La encarnadura humana de los héroes es, quizás, lo que nos falta. O demasiado humanos, o demasiado grandes, terminan por ser juzgados con la misma crueldad que padeció Castelli. En la pobreza de su cuarto, mientras espera el juicio,  el hombre de la Primera Junta sólo puede pensar que no tuvo más opciones que cumplir con el mandato de los fusilamientos de Liniers, el gobernador cordobés Juan Gutiérrez de la Concha,  el contador Moreno, el ex gobernador Santiago Alejo de Allende y de Victorino Rodríguez. 

          Vuelvo a una habitación sin ventanas, encien­do un cigarro, y escribo: ¿Qué cambió, en el cielo y en la tierra, de un mes de julio, si lo hubo, a otro mes de julio, para que se trocaran las máscaras en la representación teatral? Escribo: ¿Qué es mi mo­nólogo con usted, Álzaga, si no una escena, inju­riada por el tiempo, de una inacabada representa­ción teatral? ¿Qué es el señor Rivadavia si no el nombre con que Álzaga retorna al escenario?

       Cambiaron las máscaras: la representación teatral no me cambió a mí, a Moreno, Agrelo, Vieytes, French, Warnes, y a los vagos y mal en­tretenidos que huyen, sin esperanzas, de los se­ñores de la vida y de la muerte. No cambió a Bue­nos Aires ni al país.”

Así  lo escribe en Andrés Rivera en  La revolución es un juego eterno”.

Qué ha cambiado en tantos años de gobiernos y desgobiernos, democracias y golpes de estado en cuanto al modo de leer la historia y comprometernos con lo que nos toca vivir?

Otra paradoja de la historia que pareciera repetirse incansablemente, tanto que termina por dolernos y a veces anestesiarnos. Las máscaras de este siglo XXI dejan al descubierto un posmodernismo deshumanizante y salvaje, con modelos hegemónicos que poco tienen que ver con aquellos que prefiguraron el siglo anterior, cuando reclamábamos contra el pensamiento único o la oligarquía, o contra el capitalismo o el comunismo.

Las Máscaras de hoy son tan sutiles que no nos permiten reconocer aquello que viene a subvertir el modelo de país que soñamos. Si hay un enemigo, éste no está tan bien definido y se parece mucho a los que aparecen en las películas de ciencia ficción, o las fantásticas de terror.

Presentimos que algo o alguien nos acecha pero no sabemos muy bien qué es.

De algo sí estamos seguros. Y es que a este país le ponemos el pecho entre todos o no se salva nadie. Y que hay que configurar una democracia madura de una vez por todas. Con una oposición responsable, a la vez que activa, con libertad de prensa y de opinión en serio. La crisis global está en nuestra puerta. Pero soy de las que no creen que todo está perdido y que no hay nada para hacer.

“Yo me en­noblezco con la locura de creer como creo, que un sepulcro está cavado ya para nuestros tiranos, que la libertad viene, que el reinado del pueblo ya se acer­ca, que una grande época va a comenzar.” (Juan Bautista Alberdi, El 24 o la revolución”)

 

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