Una publicación efímera, como todo

La generación de la cultura zombie

In Opinión, por Caty Giménez on 30 julio, 2012 at 9:00

por Caty Giménez

En una mesa cualquiera, con una conversación de esas que empiezan con una anécdota  y terminan con una sentencia.

En este caso la charla de sobremesa giraba en torno a los adolecentes y sus terribles malas costumbres, sus terribles modos y su terrible cultura. Y la frase lapidaria “los chicos no saben ni leer ni escribir” cerraba a modo de conclusión inapelable. Si no fuese que vengo luchando contra esa frasecita hecha desde hace años en las escuelas, en los medios y en donde se me dé la oportunidad de demostrar lo contrario.

Provengo de una raza de mujeres docentes, con aquellas que empezaron como maestras normalistas y justamente por eso, le huí a la docencia durante un buen tiempo dedicándome más a la investigación dentro de mi campo, que son las Letras.

Hasta que el destino me llevó justito donde tenía que ir, la escuela secundaria. Y nunca volví a dejarla porque encontré en los chicos, lo que yo denomino “mi público cautivo”, el mejor espacio para poner en juego todo lo que aprendí, todo lo que anhelo y sueño con respecto a lo que tiene que ser la enseñanza de la Literatura.

Decir que los chicos de hoy en día no leen y no escriben es un facilismo peligroso que nos deja sin análisis posible y lo que es peor, cierra el camino a soluciones factibles. Es una sentencia tan fuerte que desmoraliza a las maestras antes de empezar a dar clases. Y no es precisamente lo que necesitamos para esta nueva escuela que tenemos que construir.

Y este es el primer punto que voy a enunciar, ya que para análisis nos llevaría un libro. La escuela que tenemos hoy no es ni remotamente la que teníamos ni cinco años atrás. La escuela actual, el sistema educativo actual ha implotado, más que explotado y no nos damos cuenta.

Enseñamos contenidos aprendidos décadas atrás con modelos, herramientas y estrategias de décadas atrás, para una escuela que ya no existe como entonces y con alumnos bastante diferentes al modelo establecido desde la teoría. Eso nos pone en conflictos permanentes, no sólo con lo pedagógico sino también con los contenidos específicos que se supone tenemos que dar y con lo ideológico que se va perfilando en este siglo XXI.

Que los chicos no son como los de antes es cierto, tanto como que los adultos padres de esos chicos que tenemos en el aula tampoco son los de antes. Mal podemos pretender tener adolescentes sin crisis, cuando es la edad para tenerlas, cuando los papás de éstos tienen las mismas o peores crisis que ellos.

Y hablamos de crisis de todo tipo. No sólo las existenciales. Hablo de las emocionales, espirituales, sociales y económicas. Y la que más afecta a nuestros hijos son indudablemente las primeras. Les hemos enseñado a mentir escuchando nuestras mentiras, la cobardía callando delante de quienes debiéramos denunciar y despotricando en nuestras casas, el olvido, pasando las páginas de nuestras historias individuales y colectivas para no hacernos cargo de los errores. Les venimos mostrando que el camino más fácil es el del desafecto que no es lo mismo que desapego, del sálvese quien pueda y de las relaciones virtuales a gran escala.

Después nos quejamos de que ellos se pasan hora frente a la PC, cuando la mayoría de nosotros hace lo mismo. No tenemos espacio ni tiempo para una conversación profunda, de esas que llenan el alma aunque venga con un prefacio de discusiones porque pensamos distinto. Es bueno pensar diferente, es sano hacerlo. Es sano que nuestros hijos piensen diferente o no concuerden en todo con nosotros. Es la forma de que vayan abriendo las alas para enfrentar las térmicas del mundo.

El espacio que nosotros dejamos, la página en blanco que no vamos llenando con la construcción de una historia, con los relatos a modo de enunciados de vida,  la llenan otros.

En el mejor de los casos un referente adulto que pueden encontrar en la escuela o el trabajo.

En el peor, con los sub relatos de una sociedad que se muestra caníbal. Esos sub relatos o relatos recortados aparecen en las series, programas de televisión, cine y alguna que otra manifestación popular. Entre las series llama la atención el gusto que sienten por las fantásticas de terror en las que los personajes son seres inadaptados  o asesinos seriales, que justifican sus actos a partir de la defensa del individualismo y la justicia por mano propia.

Las series realistas marcan un cinismo agudo y despiadado y pone en los discursos adolescentes frases cargadas de un desprecio hacia el otro que, obviamente,  los chicos usan con un placer cuasi perverso.

Y, por supuesto, series como Los Simpsons, que reflejan la decadencia del modelo de familia en pleno posmodernismo y que nos dejan siempre mucho material para analizar.

En los últimos años, paralela a esta sociedad plenamente distópica, la figura del zombie ha cobrado tanta relevancia como el rescate de vampiros y hombres lobos.

La épica, como relato constructor de una sociedad, tiende a desaparecer apabullada por estas otras narraciones en las que las situaciones quedan casi siempre sin resolución. Los finales abiertos.

Esos finales abiertos de los que tanto se ensayaron en las últimas décadas, tienen la fuerza de lo inasible y dejan un gustito a desesperanza. Ya sabíamos que después de la primera Viernes 13, vendrían otras, que la primera pesadilla con Freddy Krueger daría lugar a una saga de sueños terroríficos, que los malos no mueren del todo, o que ni siquiera mueren. Que la virtualidad ni se discute,  porque la Matrix  puede realmente existir.

Y desde acá,  la configuración del discurso posmoderno pierde fuerza y deja lugar a la instantaneidad. Porque si las certezas han muerto o yace anestesiada  por las máquinas en que el hombre se va convirtiendo según los medios audiovisuales (cine, tv, vídeo juegos, entre otros), las palabras dejan de ser fundacionales y fundantes.

Se convierten en apenas un reflejo de lo que sentimos, pensamos, queremos. Somos innominados. ¿O acaso los adolescentes en Córdoba no tienen todos el mismo nombre y/o apellido?: Bolú…culiá…

Lo mismo pasa con las formas de leer y escribir.

Por dar otro ejemplo, ¿los manuales no vienen desde hace años con el efecto zapping?. Un popourri de recuadros que el alumno tiene que ir saltando para leer.

Más figuras, más recuadros, más infografías, menos textos…

¿Y quiénes escriben esos manuales?

No son los chicos, obvio.

Los chicos leen. Leen y escriben del modo en que los adultos les hemos venido mal enseñando en los últimos años. Fragmentariamente, cobardemente. A ver si se cansan si tienen que leer completa una novela, o se nos enfrentan  por leer a Cortázar. A ver si le damos una historieta y le tenemos que mostrar la contextualización…¿no será mucho trabajo?

Escuché a tantos profesores decir que enseñarles a los negros de m…es una pérdida de tiempo. Escucho a tantos quejarse de que ya no se puede dar clases.

Es cierto. Cuesta cada vez más dar clases en nuestras escuelas, pararse en un aula sin salir agredidos. No estamos preparados para lo que hoy tenemos como desafío. Y como lo dije antes, esto no se soluciona con un cambio de currículum solamente, ni con más días de clases, ni con más horas de clases.

El modelo está roto. Hay que hacer una nueva escuela. Es como cuando el borrador de un cuento ha sido agotado en las correcciones y más vale empezarlo de nuevo.

La cultura zombie, la de los muertos vivos, está entre nosotros. Y somos los únicos capaces de darle una vuelta de tuerca, hacernos responsables y decidir qué es lo que queremos para nuestros hijos y nuestros alumnos.

Después de todo somos los adultos. Que tampoco leemos, tampoco escribimos y tampoco somos felices.

Nota: Generalizaciones.  A mí me va el sayo. Pertenezco a una generación que se “guardó” demasiado y ahora no tiene muy en claro hacia dónde hay que caminar.

  1. Hola los invito a ver un video de mi autoria que habla de la cultura zombie social actual! http://www.youtube.com/watch?v=uYf0MpovBis

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