Una publicación efímera, como todo

No me paro en un aula por lo que me pagan

In Educación, Opinión, por Caty Giménez on 26 febrero, 2013 at 9:00

maestras haciendo dedo

por Caty Giménez

Es común escuchar como frase hecha:  “Yo no tengo la culpa de que los chicos que tengo ahora hayan pasado de grado (o curso, según corresponda) sin saber nada”.

Qué difícil es hacerle entender a veces a un adulto que en Educación se habla de responsabilidades y no de culpas, que este término a lo sumo puede aplicarse en cuestiones religiosas, pero no pedagógicas.

Las responsabilidades con respecto al estado o grado de conocimiento con que los chicos llegan a un estadio u otro son de todos, no del docente del año anterior nada más. Porque, como siempre digo, la pelota está ahora en tu cancha y no la podés seguir pateando para afuera. De eso los chicos también están cansados. De escuchar todo el tiempo que son unos fracasados, indisciplinados,  mal aprendidos y mal educados.

Arrastran junto a la mochila una serie de cuestiones que no le corresponden, por la edad y porque les ha tocado nacer y crecer en un medio en el que las contradicciones son pan de todos los días. En que la  materialidad supera todo lo demás. En que muchos de ellos son un número, una nota, un asiento, un modelo para armar o desarmar según como venga barajado.

Vayamos por parte y veamos primero qué sucede con el manejo de los contenidos curriculares que se supone que los chicos deben tener al pasar de grado y no lo tienen. ¿Qué pasó de sexto grado a primer año, les abddujeron el cerebro en la puerta que comunica la primaria con la secundaria? Se supone que saben leer y escribir. ¿O no? Han hecho seis años en la escuela primaria. Se supone que conocen las operaciones matemáticas básicas. Han hecho seis años en la escuela primaria.

Y así van, docentes y estudiantes, arrastrando la piedra sobre la montaña como en el canto del Dante y luego de nuevo empezar.

Como docente y como madre ésta es una muletilla que me molesta muchísimo por lo que dejamos de reconocer como parte de nuestras responsabilidades de adultos. En las reuniones de profesores o las asambleas es común pasarse la factura con respecto a la cantidad de alumnos que hay en las mesas de exámenes. “No son mis alumnos”, dicen algunos, otros  “No tengo la culpa de que los padres no se hagan cargo, o de que no aprendan o de que sean unos burros, o…” .

¿Saben qué? Sí. Si tienen la responsabilidad, no la culpa, la responsabilidad. Los chicos están en la escuela nueve meses. ¿No?. Bueno…Ponele seis. Soy de las que consideran que más vale calidad que cantidad. Tiempo más que suficiente para saber que si no pude trasmitir un contenido desde lo teórico y conceptual, puedo recurrir a diferentes formatos curriculares. Hay muchas estrategias,  herramientas, tácticas y modos de rescatar a un alumno de la instancia del examen que siempre es limitativo.

Me dirán que es muy difícil en determinadas condiciones aplicar esas estrategias o formatos. Y les diré que tienen razón. En parte.  Sólo en parte. Porque ahí volvemos a lo mismo del principio. Soy la responsable de la puerta para adentro de lo que pasa en mi aula y como tal la única o el único que conoce cuál es la realidad que vivo día a día con mis alumnos.

¿Que no saben estudiar? Lo mismo decimos de nuestros alumnos en la universidad  y desde hace años. Sin lugar a dudas hay varios factores concurrentes en este tema de que los chicos no saben estudiar y hemos comprobado que no se resuelve con enseñarles técnicas de estudio.

Más allá de que no manejan determinadas técnica de estudio, chocamos con el problema de la falta de vocabulario, léxico específico de las asignaturas,  técnicas de lectura, ya sea en voz alta o silenciosa, transferencia de los contenidos a experiencias , vivencias u otras materias, manejo de la oralidad en las exposiciones. Sólo para nombrar algunas.

Pero esto hace años, muchos años que lo venimos padeciendo en las escuelas. Se supone que la reforma del ’96 , poniendo el énfasis en lo comunicacional y en las técnicas de estudio superaría esta problemática. No solamente no fue así sino que pauperizó asignaturas como Lengua, que sufrió con la quita en sus contenidos de la enseñanza de la Literatura.

Nos entendamos: este aparente fracaso proveniente de una política de Estado en educación que fue lamentable aunque no casual, ni accidental,  no nos disculpa.  No significa que tenga que mirar para otro lado y decir, “Señores, a mí nadie me consultó con respecto a esto, así que…” (Las hubo como siempre a las apuradas, tipo de gallos a la medianoche y que ni se reflejaron luego. Tanto como la reforma actual que también tuvo consultas aunque ya sabemos cómo se hacen y el apunte que le llevan. Una consulta de una reforma curricular no se puede hace a final del año, a las apuradas y sin que se escuchen todas las voces todas.) El “así que…” no le sirvió a los chicos que hoy apenas pueden redactar y que tienen una ortografía lamentable. Tampoco les sirvió a los que estudiaban para ser profes y se quedaron con un recorte terrorífico de contenidos que  luego tuvieron que salir a buscar para poder pararse en un aula.

En ese entonces, como ahora, mi  responsabilidad reside en leer los nuevos contenidos curriculares, seleccionar los que se adecuan a mis grupos de alumnos, elegir aquellos Formatos Curriculares que me permitan avanzar en esos contenidos y afianzarlos. Proponer una planificación real y no dibujada que represente al menos la realidad áulica y  negociar con los directivos el mejor modo para que el fracaso escolar, si lo hubiere, sea el mínimo y no afecte a los estudiantes, ni a mis colegas.

Mi responsabilidad es poder ponerme el traje y pelear por cada uno de los chicos que tengo en mi aula, para que no se queden libres por faltas, ni por inconductas, ni por falta de estudio, ni porque se quedan dormidos. Porque muchos se quedan dormidos porque trabajan, o no tienen qué comer, o… en una de esas porque consumen. Pero detrás de mis alumnos hay adultos, estamos los adultos, que debiéramos hacernos cargo de cada una de las carencias que tienen. Que si fulanito trabaja hasta las 10 de la noche en una verdulería, no tiene tiempo de hacer la tarea y lo más probable es que en agosto ya no pueda con la escuela. Y que cuando lo veía dormir lunes tras lunes en la primera hora y no le pregunté qué le pasaba, pero le sacudí las amonestaciones, sepa que lo estoy dejando afuera de un sistema perverso, que ya lo dejó afuera robándole la niñez.

Ponerme el traje de que si trabajo en una escuela con problemas socio económicos serios lo hago del mismo modo que si estuviese en la de una de “nenes bien” y voy a dar clases de lunes a viernes. No que  falto porque total son unos negros de m…que no valen la pena que yo les enseñe nada, si total no quieren aprender.

Recuerdo que una de las escuelas en las que más y mejor aprendí el oficio de maestra fue en una de las que en ese entonces se conocían como urbanos marginales. Los viernes había implementado la hora del cuento. Una, porque a pesar de que eran chicos de más de 15 años casi todos, en su vida le habían contado un cuento. Y otra, porque los profes  los viernes faltaban.  Recién llegada a la escuela secundaria, y habiendo trabajado hasta entonces en el nivel universitario, fue francamente un palo en la nuca cuando una alumna me dijo: “¿Qui idioma habla uté que no l’entendimo nada”. Terrible aterrizaje a la realidad. La misma que me hacía ver que “lo vamo a la casa” “iegó el pincipe azu al baile e la Mona” o “era brioso el cabaíto, briaba” me tiraba a la cara que esos chicos tenían indudablemente otro idioma, que no era el académico mío. Que ni siquiera era el que debían tener para promocionar Lengua, que probablemente no pasarían del CBU, que iban a rendir con la “yuta” en la puerta porque a fin de año ya estaban presos. Que aún con cinco balazos en el cuerpo, tenía un alumno que era brillante en el Análisis Sintáctico pero no quería pasar al pizarrón. Que…

Nunca jamás aprendí tanto como en esa escuela y con esos chicos. Nunca jamás me sentí tan inútil y dolida al comprobar que la responsabilidad pasaba como propiedad transitiva a cualquiera menos a los que teníamos que transformar una realidad que nos daría en le jeta años después cuando la delincuencia se vistió del otro y el diferente.

Conocí  que no había como la letra de la Mona para que los chicos jugasen a aprender algo de subordinadas, que de todos modos (y saltarán algunas profes horrorizadas con esta frase mía) mal les podía servir si no era para entender que hablamos así y no con oraciones simples.

Comprendí en carne propia que la enseñanza- aprendizaje es un juego, pero no un juego banal. Es el mejor de los juegos. El que pone en la mano de mis chicos el fuego sagrado, el del conocimiento que los hace libres. Libres para ser y para pensar.

¿Culpas? Dejémoslas para las religiones los que creen en ellas, para los juzgados que se llenan con  aquellos que de alguna manera no tuvieron la chance de conocer que hay otro mundo posible, o como dicen los que hablan de lecturas vívidas, otros mundos posibles, pero se los tapamos con un  montón de frases hechas.

La docencia es para aquellos que la reconocen como  la única manera de transmutar la mediocridad, la pobreza, la vileza, el egoísmo. Para los que son capaces de enfrentarse con los que como soldaditos de la obediencia debida aceptan traicionar los valores de una escuela que tiene como único fin el chico. No los papeles, los formularios, las chicanas administrativas. Si no te sale poné un kiosco. Pero no te hagas docente.

Esta nota viene a cuento de muchas cosas que he escuchado estos días en mesas de exámenes y en asambleas docentes en las que un tema es desencadenante de otro. Estamos mal pagados, es cierto, soy de las que le reclamó al gremio docente una negociación digna y no lo que salió. Pero en el fondo sé que no me paro en un aula por lo que me pagan. Sé que me paro frente a mis chicos con el Frankenstein en la mano porque temo a los monstruos que han dado a luz criaturas que no podrán enfrentar el mundo que les dejamos hecho mierda. Y no quiero eso. Sé que, como la mayoría de los profes, estoy en una escuela porque creo en los chicos.

Tanto como sé que este modelo requiere de un cambio urgente…y que ese cambio viene marchando. Como los santos…

“Some say this world of trouble
Is the only one we need
But I’m waiting for that morning
When the new world is revealed

When the revelation (revolution) comes
When the revelation (revolution) comes
Oh lord I want to be in that number
When the saints go marching in

When the rich go out and work
When the rich go out and work
Oh lord I want to be in that number
When the saints go marching in

When the air is pure and clean
When the air is pure and clean
Oh lord I want to be in that number
When the saints go marching in

When we all have food to eat
When we all have food to eat
Oh lord I want to be in that number
When the saints go marching in

When our leaders learn to cry
When our leaders learn to cry
Oh lord I want to be in that number
When the saints go marching in”

(When The Saints Go Marching In de Louis Armstrong)

  1. Muy bueno el post. Concido con la mayoría de su contenido. Es acertada la diferenciación entre responsabilidad y culpa, algo que comúnmente pasa desapercibido y son tomadas como sinónimos.
    También coincido con la responsabilidad del docente. Como dice Paulo Freire, es una tarea importantísima y que requiere una capacitación constante y dedicación. Compromiso. Sin embargo la sociedad capitalista no reconoce la importancia de esta profesión fundamental. No es reconocida en términos económicos ni simbólicos.
    El neoliberalismo de los 90 (ya implentado desde los 70) barrió con la educación pública en beneficio de la privada. La pauperizó en todos sus niveles. Creo que l@s docentes tienen responsabilidad al pararse frente a una clase. Pero esa responsabilidad está pre-condicionada fuertemente. Los bajos salarios que l@s obligan a tomar más horas para subsistir, falta de elementos en el aula, falta de apoyo del colegio a l@s docentes. El trabajo que continúa en las casas, con el consiguiente aumento de horas de trabajo y reducción de tiempo propio de la persona.
    Además l@s mism@s docentes, reproducen la ideología del opresor, en tanto es un oprimido más. Esto no hay que olvidarlo.
    Resumiendo, el sistema educativo (dependiente del político) viene a condicionar a l@s docentes para que su desempeño sea bajo o nulo. Vacía de contenido la profesión. Y los que resisten a esto, con el tiempo son «devorados» por el sistema o anulados y aisladas sus luchas. Son múltiples entonces las causas de los fracasos de alumnos y docentes. Pero una de las más importantes es política. Si bien se ha avanzado bastante en la reconstrucción de la educación desde el 2003 a la fecha, aún queda muchísimo por hacer. Va a costar mucho revertir 30 años de desguace neoliberal.
    Finalmente, ¿qué le queda al docente? ¿resignarse frente al sistema? ¿continuar su solitaria lucha día a día? Creo que sólo puede mejorar su condición y la de l@s alumn@s a través de la lucha organizada y política.
    Saludos,
    Pedro.

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  2. Que profundas y oportunas éstas palabras.

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