Una publicación efímera, como todo

Maestra al margen

In Opinión, por Analía Lorenzo on 28 febrero, 2013 at 9:00
Elba Esther Gordillo, “la Maestra”, antigua "intocable" de la política mexicana, hoy tras las rejas. (foto revista Proceso)

Elba Esther Gordillo, “la Maestra”, antigua «intocable» de la política mexicana, hoy tras las rejas. (foto revista Proceso)

por Analía Lorenzo (desde México, DF)

Amor, arrestaron a la maestra.

– ¿Qué maestra? ¿“La” maestra?

– A Elba Esther.

– No te creo

 Elba Esther Gordillo, “la Maestra”, era ¿cómo decirlo? nuestra corrupta de confianza, una mafiosa transparente, con mil años (y mil puestos) en la política mexicana; de la que hablamos por su nombre de pila, así como por su sobrenombre (el que hace referencia a su puesto docente) y que a nadie engañó jamás. Robaba dinero (en este caso) de los maestros y se compraba sus trajecitos Louis Vuitton en las elitistas tiendas de Neiman Marcus, lo normal. Todos lo sabíamos desde hace años, y casi todos nos preguntábamos quién o quiénes sostenían la impunidad de “la Maestra”: ¿Los maestros? ¿Los políticos? ¿Los empresarios? ¿Los cirujanos? ¿Todo lo anterior y todo lo demás?

Doscientos sesenta millones de dólares de dos cuentas (dos, de las ochenta que aún están investigando) del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) fueron destinados a los caprichitos de “la Maestra”; ésa es la razón por la que el martes pasado, día histórico, fue arrestada por la Procuraduría General de la República (PGR) que acompañó la acción policial con una declaración para la carcajada: “Esto no es un arresto político”.

Elba Esther es (y sigue siendo) la presidente vitalicia del sindicato de maestros desde hace más de veinte años; en su haber tiene miles de “anécdotas” que la podrían haber llevado a la cárcel (una de las más populares fue aquella compra masiva de camionetas Hummer para regalar a “maestros rurales”), sin embargo los recién llegados a la presidencia, el implacable PRI, ahora, en estos tres meses, notaron las anomalías financieras de su otrora importante líder y aliada.

Más allá de que la mujer robaba sin escrúpulos, también negociaba de lo lindo y con variopinto actor estratégico nacional. Hoy les voy a compartir una pequeña historia de censura que viví gracias a ella en Televisa. Fue en el año 2009, Elba Esther negociaba un programa educativo en la principal televisora de México, dinero, dinero…

Mucho tiempo faltaba aún para que llegara la tarde de este martes, cuando volviendo de San Diego, en su avioneta particular, fue detenida en el aeropuerto de Toluca y llevada al penal para mujeres Santa Martha Acatitla donde dormirá esta noche y la de mañana, pero en la que muchos dudan terminen sus días. “Que mi epitafio diga, aquí yace una guerrera”, dijo la Gordillo poco antes de ser arrestada, ahora queda ver la estrategia del equipo de abogados, la reacción del SNTE y el juego de probabilidades que las tramas de la corrupción siempre ofrecen.

No usarás su nombre

Los episodios de censura y represión, cuando se trabaja en un gran carnívoro mediático, son variados. De algunos puedo hablar con mayor libertad y de otros, con el recuerdo se me fruncen las partes valientes.
Me pasó una mañana que sorpresivamente veo dirigirse hacia mi oficina a una mujer con la que había estado en complejas y burocráticas tratativas para conseguir una entrevista, desde hacía meses. Era una importante lady corruption y traía a su séquito de guardaespaldas, que le cargaban las bolsas Vuitton.
No podía venir a verme sin previo aviso, pensé de inmediato, y me di cuenta que enfilaba para otro lado. Me levanté del escritorio y la comencé a seguir. Pero el problema era inmenso. No podía perseguir a la mafiosa política hasta las oficinas del mafioso empresario porque si escuchaba algo indebido (que seguro iba a escuchar algo indebido), y me descubrían (que seguro me descubrirían), iba a aparecer en una zanja. La cuestión fue que cerca de la zona de peligro, mi cobardía o mi razón, me hicieron desistir. Nunca comprobé con quién se había juntado, aunque 50 minutos más tarde, despegó el helicóptero privado de la empresa y supuse que era con quien yo creía.
Después de su visita, la mujer ya no me dio cita para la entrevista pero no por eso dejó de practicar el arte de estorbar, uno de sus pocos talentos.

Fue en un cierre editorial tranquilo. La revista tenía ritmo, no era profunda pero tampoco estaba tan vacía, y mi entrevista con un ex político, ex candidato presidencial, ex gobernador, ex hombre fuerte tenía ventana con su foto en la portada. Cabe aclarar que antes de realizar la entrevista con este sujeto, había recibido por escrito sendos mails de altos directivos del corporativo que aprobaban al personaje. No en todos los casos debía pedir tantas autorizaciones, pero como es bien sabido que en cuestiones políticas, “caras vemos pero negocios sucios no sabemos”, yo me cubrí con quienes pensé tenían suficiente poder como para dar luz verde a una entrevista de poca monta con un personaje nada relevante.
Hacía poco tiempo, la directora editorial me había comentado que quería políticos en la revista; entonces, me llamaron de la oficina del politiquillo en cuestión y me ofrecieron el encuentro, querían promocionar su libro. Así fue como, después de la cadena de mails firmados por jefes, acepté la propuesta y fui a verlo.
El hombre es un político viejo, bastante desagradable, quien me recibió en su elegante estudio de empresario que sigue vinculado al Estado desde sus emprendimientos privados, con una fortuna personal nada despreciable (cuyo origen probablemente sea el erario público). La plática no tocó el libro sino que fue un pinpong de palabras y nombres en las que él decía sus pareceres. Pero hubo un nombre fatal.
El artículo fue diseñado, se volvió a hacer aprobar con varias firmas y se fue contento a la imprenta.

A  las cinco de la madrugada, el director de arte de la publicación me llama alteradísimo. Él es un perfeccionista pero ya habíamos cerrado y hasta donde sabía la revista no volvía a nuestras manos hasta que estuviera impresa; yo no entendía ni palabra. “Levantaron tu nota en imprenta”, repetía histérico y murmuraba: “Tengo que rehacer portada y tú debes cubrir cuatro páginas. Ahora”. Masculló algunos insultos, dijo que me esperaba en la redacción, y me colgó.
Yo suelo despertar después de las once de la mañana, no porque me levante tan tarde, no, sino que realmente siento que despierto en verdad a esas horas. Imaginen mi estado, era de madrugada, iba camino a mi trabajo al mejor estilo zombie y me preguntaba qué coño había sucedido.
Al llegar, el director de arte estaba desfigurado y a duras penas me explicaba que fue por “su nombre”. El nombre de aquella mujer en el ping pong del político. Cuando aún más arriba del visible vértice de la pirámide empresarial escucharon que salía publicada la entrevista con el ex político, deslizaron levemente la cabeza –como si fueran de la Cosa Nostra– en señal negativa.

El político no sólo era enemigo acérrimo de la madame que aquella mañana vi llegar (se habían peleado como chicas en el barro por la presidencia del PRI en una lucha que terminó con insultos y denuncias de una y otra parte) sino que él había tenido la osadía de nombrarla.

Y ella elegía quiénes la nombraban y dirigía cómo lo hacían. “No usarás su nombre en vano”, parecía resonar una voz de ultratumba en nuestras conciencias que de pésimo humor y a cuatro manos trataban de remediar la censura.
Guardo con cariño miniaturas impresas de las dos portadas: la que finalmente se publicó dándole una insólita ventana de portada al preso político afroamericano, Mumia Abu Jamal, historia que jamás pensé ver impresa en esa revista pero que a los ojos de los directivos resultó menos conflictiva que la otra, que levantaron de imprenta, a medianoche, por un nombre de mujer: Elba Esther.

Auspicio Macao

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