Una publicación efímera, como todo

Amnesias (Chicos de la calle, parte I)

In Opinión, por Analía Lorenzo on 29 marzo, 2013 at 9:00

chicos de la calle por Analía Lorenzo

por Analía Lorenzo (desde México, DF)

Aquí se presenta un recorrido descriptivo y subjetivo de un trabajo realizado en el período marzo / junio 2004 en la Sub Secretaría de Protección Integral del Niño y el Adolescente (SPINA) del Gobierno de la Provincia de Córdoba.

Es el relato de una experiencia y la escritura de una experiencia. En orden práctico, es el diario de campo que fui tomando a medida que iba conociendo las formas con las cuales el Estado provincial abordaba la problemática de la pobreza en los niños y jóvenes de la ciudad de Córdoba. (A.L.)

1. Plan Jefas y Jefes de Hogar

Ingresa a la sede provincial una mujer que empieza a hablar con el primero que se le cruza:

– Me quitaron el Plan, dice.

En realidad, también le quitaron los hijos. En realidad, cuando le devolvieron a sus hijos, le quitaron el Plan. La mujer quiere el Plan. Lo necesita para darle de comer a sus hijos que ahora están de nuevo con ella pero sin Plan. Es decir que se los van a volver a quitar. Y ahí, tal vez, se quede sin hijos y sin planes.

A los pocos minutos, por la misma puerta, entra una licenciada en Trabajo Social con una sonrisa de oreja a oreja:

– En vez de internar a los chicos, internamos a la madre. ¿Hicimos bien?

2. Gitanos

Los policías en el Centro de la ciudad de Córdoba se distribuyen en cruz. Como dijo una mujer policía vestida de civil: “estamos por todos lados”.

El operativo se resolvió con 14 personas distribuidas en cuatro ingresos. Esta cronista y dos policías -uno solo uniformado- ingresamos por Rivadavia hasta San Martín.

Unos pasos más adelante estaba Valeria (16) con un niño. El uniformado se acercó y de repente, de la nada, se materializaron otros tres policías en la escena, rodeando a la muchacha.

Valeria repetía que no estaba cometiendo delito. Que no robaba, que vendía agujas y que por qué la arrestaba él que tan lindos ojos tenía. Y era cierto, era el único policía de ojos celestes.

El tránsito peatonal amenguaba el paso, a la expectativa de lo amarillo.

Valeria empezó a caminar hacia el precinto 1, en el Cabildo. Yo me le acerqué. Cuando te vi a vos y al policía de los ojos celestes, me sentí más tranquila, me dijo.

Yo no me quería separar de ella y mucho menos presenciar otra detención (no fueron arrestos).

Entrando al precinto ya estaban Tamara (14) y otras dos mujeres con niños en brazos, después llegaron Rosana (2), Daniel (12) y otro niño de no más de 13. En total se juntaron a catorce gitanos pertenecientes a dos familias, los Cristo y los Yancovich.

Por mi parte me preocupé de informarles que las mayores eran las más importantes porque el problema era que sus niños trabajaban. Que a raíz de las denuncias de los comerciantes de la zona a la línea 102 de Maltrato Infantil había intervenido el Programa Disposición Padres (DP) y Protección Jóvenes, de la Secretaría de Protección Integral del niño y el adolescente (SPINA) y el juez de 8va, había enviado un oficio para que se constate el maltrato referido.

Antes de llegar a la detención de los gitanos, se habían realizado varias visitas a sus lugares de trabajo a lo largo de la peatonal de Córdoba. Pero sinceramente los niños no comprendían por qué no los dejaban trabajar.

Del precinto 1, se los llevó en Tráfic a la entonces sede del programa de prevención, en Vélez Sarsfield 771, lugar en el que hasta hacía poco tiempo funcionaba “la Juvenil”.

Ahí, las dos únicas mujeres mayores de 21 recibieron una charla sobre los peligros de que los niños trabajen en la calle.

La charla me la perdí porque me mandaron a buscar oficios a la Secretaría pero cuando volví todavía estaban ahí. Daniel, el de 13, sacó el montón de tarjetitas. Esconde urgente esas tarjetitas, le dije. En vez de esconderlas, me regaló una. Acá se puede dormir bien, comentó, ¿Uds. duermen acá?

Le mostré un sillón cama donde se acuestan los que hacen guardia.

Con Daniel ya había tenido un pequeño diálogo en el precinto. Cuando él llegó, yo cargaba a Rosana, una criatura liviana y franelera de dos años, entonces me preguntó: ¿A vos también te agarraron? No, le respondí. Yo estoy del lado de los que te agarraron a vos, y se me quedó mirando.

Con Tamara solo tuve dos cruces verbales, me pidió un pucho y me mangueó un anillo. El cigarro se lo di.

La otra adolescente era callada pero fue la única que cuando en el precinto le preguntaron la edad, contestó 43 y se negó a decir sus años de nacida si es que no eran ciertos sus 43.

En la charla, les avisaron que el martes 27 de abril tenían que presentarse ante el juez y que los íbamos a llevar en la camioneta Tráfic hasta sus casas, sus carpas. Los gitanos querían irse en transporte público, en el colectivo R.

Esa no me la perdí, me subí a la Tráfic y fuimos charlando un poco. Mientras Rosana me baboseaba y jugaba con la policía de civil que se sentaba a mi lado y que estaba chocha y que se la quería quedar. Siempre quiso hijos.

El chofer de la camioneta Tráfic de la provincia, contó que él había noviado con una gitana, con una sobrina de gitanos, aclaró.

Ah, dijo Valeria, porque sino era a escondidas del padre, porque la mujer gitana no puede casarse con un criollo, el hombre gitano sí con una mujer criolla.

– Y vos Valeria ¿estás casada?

– No, yo no me caso.

Todo empezó porque Valeria pidió un cigarrillo y el chofer se lo dio y le habló en ese dialecto que según dicen es húngaro. Entre ellos se comunican con su lengua, a nosotros en general si se dirigen en su lengua, es para putearnos, dice él. No siempre, retruca Valeria.

La mujer policía preguntó si sabían leer las manos.

– No. Eso lo saben las viejas, dijeron.

– ¿Cuándo sos vieja?, pregunté.

– A los 45 o 50

– ¿El poder se lo pasan en semana santa? ¿No?, preguntó el chofer

– ¿El poder? ¡Ah! De leer la suerte, en domingo de Pascua.

– ¿Y en estas pascuas alguna mujer se lo pasó a otra?

– No, porque todavía somos muy jóvenes.

Cuando Valeria se bajó se puso la pollera. En la carpa andamos con polleras.

Las carpas que eran bajas y azules estaban bajo un cielo proverbial. Se acercaron algunos otros gitanos. Saludamos y emprendimos la vuelta casi en total silencio por la avenida Pajas Blancas.

Estos son gitanos pobres, dijo el chofer, pero las carpas son calentitas con ese calentador a kerosén que tienen. ¿Y el agua?, me atreví a preguntar. Bidones, dijo como obvio.

Se hacía de noche, otoño, a las 19hs, despejado, medialuna sobre la oscuridad del cielo azul. Para los gitanos, los hijos son sagrados, me dijo la mujer agarrándome del brazo. Habían salido de esta. Los chicos se quedaban con ellas en la vera de la avenida Japón.

Nota: en octubre de 2004 se repitió el operativo en el que no participé y seis niños de la comunidad gitana fueron internados en institutos de menores, separando a los hermanos por sexo. Esta situación se demoró 20 días ya que los padres no tenían la documentación necesaria para retirarlos de los institutos. La comunidad gitana, a partir de la internación de los niños, dejó la venta ambulante en la peatonal de la ciudad y se trasladó a Santiago del Estero. Según me comentó Valeria en un encuentro informal que tuve con ella en la calle, piensan regresar a Córdoba cuando se calme un poco la persecución.

3. El caso de “Las Bandanas”

Alrededor de las nueve de la mañana, llegaron a la Sede cuatro adolescentes mujeres, entre 12 y 14 años. Maldita noche.

Dos trabajadoras sociales hablaron con ellas, se las notaba excitadas. Las asistentes decidieron que la Tráfic del Programa juvenil las llevara a sus casas.

Cuando se estaban yendo, en la vereda, una mujer señaló a la más rubia y le dijo a vos, te voy a hacer cagar. Una policía se dio vuelta y retrucó: si seguís amenazando, actúo. Disculpe, intervino otra mujer, está muy nerviosa.

Las cuatro, que al final de la jornada eran conocidas como “Las Bandanas”, no quisieron dar la dirección de sus hogares, entonces, las volvieron a traer a la dependencia provincial.

Se quedaron en esa sede hasta las 23hs. No habían dormido.

La noche anterior habían ido al baile, de ahí a la casa de los chicos, a la mañana, el quilombo.  La madre de los chicos los había denunciado.

La madre dijo que las chicas se quedaron en la casa y habían hecho desastres. De los dos varones se supo poco pero también tuvieron lo suyo.

A medio día Las Bandanas seguían de juerga. No querían volver a sus casas de momento. Sentadas en el alfeizar de la ventana de la oficina de la brigada policial femenina cantaban: yo quiero que legalicen la marihuana para fumarme un caño todas las mañanas.

Si no lo hubiera visto, diría que no es un mal guión para el actor Diego Capusotto con su personaje de la educadora Irma Jusid.

Al paso de las horas ya nadie les convidó cigarros y vaya a saber desde cuándo no probaban  bocado, recién entonces, fueron bajando los decibeles.

A dos de ellas las internaron pasadas las once de la noche en el Instituto Escobar y al otro día  se fugaron. A las otras dos las vino a buscar el padre.

4. Limpiavidrios

Gral. Savio, Libertador, Colonia Lola, Villa el Naylon, La Tela, San Roque, Villa Martínez, Mirizzi, Santa Rosa, Argüello. De esos barrios son los limpiavidrios. Edad promedio mayor a 16 aunque los hay más chicos, pero los más chicos venden tarjetitas.

Entre 5 y 30 pesos hacen por día. Vienen de familias numerosas.

Juegan con las monedas como si fueran figuritas sobre la vereda de la Cañada.

Uno de esos varones, en realidad, quiere ser modelo, y es canchero, pero Dotto no lo sabrá jamás.

El Comando de Acción Preventiva (CAP) los lleva seguido, tres veces por semana, dicen. Pero no «pican» porque si pican, los corren y ahí les pueden pegar. Pero en el precinto no los tocan, los demoran con el artículo 86 (merodeo) de seis a ocho horas y los largan. Así siempre.

Eso se puede entender como que entran por una puerta y salen por otra, como diría algún vecino y publicaría el diario. Y eso es cierto pero resulta que lo injusto es que entren no que salgan. Los tipos no son delincuentes. Imagínese usted que lee, tener dentro de su rutina semanal tres demoras por merodeo que promedian las 24hs. Es decir, pasar un día completo  en las comisarías por trabajar en la calle.

5. Diálogos desde la ventanilla de la Renault Tráfic


familia

La mujer policía lo saluda fraternalmente. Es que lo veo más que a mi familia, dice.

Él, teñirubio muchachito de 16, balde en mano, le cuenta que ya pasaron y los levantaron.

– Y vos te salvaste, ya te voy a mandar un móvil.- le dice entre risas- Después nos vemos.

carro

Arriba de un carro tirado a caballos, tres niños, se percatan de la Tráfic. Estaban en Tucumán y Colón ‘jugando con las manos’. Pegándose castañazos. Cuando ven la Tráfic, los dos del costado del banco del carro, señalan al del medio:

– Llévenselo, llévenselo, gritan.

– Ah, nos conocen, dice la policía.

El episodio terminó con un saludo de manos.

6. Soaje

El Felisa Soaje es un instituto para mujeres jóvenes. María que ahora tiene 27 años y duerme en la Plaza de la Intendencia, en la fuente, vivió en el Soaje. Ivana de 18, madre de Rocío, también pasó por el Soaje.

Al Soaje lo trasladaron y como les dieron casa nueva les sugirieron nombre nuevo, el de una monja cordobesa, la María Tránsito Cabanillas, canonizada hace poco. Así que ahora el Soaje se llama Cabanillas o Tránsito como indica su nombre completo.

La directora del Soaje cree que se va a imponer el de Tránsito, como nombre popular. A la directora del Soaje le dieron un libro sobre la monja para leer con las chicas del instituto pero las chicas se fugaron con el libro. Es que la tapia es baja, dice, y yo avisé.

La casa está mejor -comenta la directora- es que el antiguo edificio -sobre la Obispo Trejo- se  nos caía en la cabeza porque estaban construyendo un nuevo edificio en el terreno de al lado y las máquinas rompían la casa.

Uno de los argumentos del cambio de nombre es desvincularlo del apego correccional con el que carga el Soaje.

Las mujeres del Soaje o del Tránsito o del Cabanillas, van a la escuela. Entre ellas está la Jorge, que le dicen la gitana.

Así que ahora es el Tránsito Cabaniia’, dijo la cobani gesto agrio. Así se llama ahora, escupió como quien se limpia con un palillo.

7. Mamás

Hoy 28 de abril de 2004 a las ocho de la noche quedaron en la dependencia provincial tres niñas, dos embarazadas. Las tres judicializadas. Las embarazadas, iban al instituto Calera. La otra, al instituto de Cosquín.

Dos de las chicas estaban desde hacía cinco horas sentadas en el pasillo. La otra tuvo que ir a declarar porque parece que “hizo cagar a la cana de civil” que la fue a buscar.

La embarazada que al anochecer quedó en la sede, la más joven, rojinegra cabellera, se la pasó escupiendo el suelo y diciendo que tenía hambre.

De noche ya en la jornada, se intentaba agilizar la burocracia para que esas tres mujeres durmieran en los institutos asignados. Pero competían con Blumberg que convocaba a la gente sobre la Irigoyen, en la cruzada por el secuestro y asesinato de su hijo Axel, y tenía a su disposición todos los móviles de la provincia.

Dicen, las embarazadas, que al Calera no quieren ir porque se cagan a puntazos.

(analialorenzo@gmail.com)

(Continuará)

Auspicio Macao

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