Una publicación efímera, como todo

Qué buscamos cuando inscribimos a nuestros hijos en una escuela

In Educación, Opinión, por Caty Giménez on 16 abril, 2013 at 9:00

La-Naranja-Mecánica

por Caty Giménez

«- Como ven ustedes, nuestro sujeto se siente impulsado hacia el bien porque paradójicamente se siente impulsado al mal. La intención de recurrir a la violencia aparece acompañada por hondos sentimientos de incomodidad física. Para aliviarlos, el sujeto tiene que pasar a una actitud diametralmente opuesta. ¿Alguna pregunta?

– El problema de la elección – dijo una voz rica y profunda, y era el sacerdote de la cárcel- En realidad, no tiene alternativa, ¿verdad? El interés propio, el temor al dolor físico lo llevaron a esa humillación grotesca. La insinceridad era evidente. Ya no es un malhechor. Tampoco es una criatura capaz de una elección moral.

– Esas son sutilezas – sonrió a medias el doctor Brodsky- No nos interesan los motivos, la ética superior. Solo queremos eliminar el delito…

– Y – agregó el ministro…-aliviar la espantosa congestión de las prisiones…

Hubo mucha conversación y discusión, y yo estaba allí, hermanos, casi completamente ignorado por esos bastardos ignorantes, así que grité:

-Yo, yo, yo. ¿Que hay de mí? ¿Donde entro en todo esto? ¿soy un animal o un perro?…¿No soy más que una naranja mecánica?-…» (Fragmento de La naranja mecánica  de Anthony Burgess)

“La escuela pública es un desastre, no hay orden ni disciplina, voy a cambiar a mi hijo a una escuela privada donde hay más control”  La frase se escucha y duele como un latigazo, sobre todo a los que aún pensamos que lo público encierra y protege una serie de valores, aspectos y matices y que sirve de custodio a las libertades individuales.

No me gustan mucho las cifras cuando se trata de hablar de Educación porque no siempre reflejan la realidad. Pero empecemos por analizar el fenómeno ese tan mentado de la “cantidad de chicos” que han dejado la escuela pública para pasar a una privada. Debo decir que el fenómeno inverso también se da, muchos estudiantes pasan de la privada a la pública, casi siempre por el tema de las cuotas altísimas que tiene la misma y que sus padres ya no pueden seguir pagando. Las cifras éstas, por lo tanto son relativas, ya que a cinco que se cambian a la privada, por dar un ejemplo, le corresponden otros cinco que hacen el trayecto inverso. Basta ver los números que se manejan tanto en la Dirección de Escuelas Privadas, como en las Dirección de Enseñanza Media y comprobar que detrás de la afirmación sobre el vaciamiento de la escuela pública también hay mitos o intereses.

La gran pregunta gran es qué  buscamos cuando inscribimos a nuestros hijos en una escuela. Es decir cuál es el modelo, el discurso que vamos a privilegiar y que se amolda a nuestras ideologías, formas de pensar y de hablar y seguramente, y no es un dato menor, a nuestra economía. Aunque no debiera ser ésta la que se privilegie. En este caso, son las premisas de una escuela más abierta, dinámica e igualitaria la que lleva a muchos padres a elegir la educación pública tomando las riendas de las dificultades que suele saltar más a la vista, como disciplina, o espacios dedicados a alguna formación especial, como la artística, por ejemplo. Sus hijos pueden acceder también a esta educación en ambientes públicos como el Conservatorio de Música o los Centros Culturales.

Podríamos analizar algunas diferencias para que cada quien saque sus propias conclusiones sobre las escuelas públicas y privadas, ventajas y desventajas.

La escuela pública tiene algunas ventajas sobre la privada, y quienes hemos transitado por ambas como docentes lo sabemos. Una es la LOM, Lista de Orden de Méritos, que si bien no es una garantía total sobre el nivel de capacitación, formación, actualización de los docentes, sí obliga a la mayoría a realizar cursos, maestrías, postítulos, publicaciones, para poder acceder a horas titulares con cierta fluidez y rapidez. En las escuelas privadas la selección del personal docente se realiza a través de presentaciones de CV, o del grado de amistad entre docentes, directivos o representantes legales. No deben revalidar su puntaje agregando antecedentes a su legajo cada año en la Junta de Clasificación, haciendo largas y tediosas colas, hay que señalarlo, ni pasarse horas luchando contra el sistema  para inscribirse en los colegios. Los directivos tampoco rinden concursos de antecedentes y oposición. Todas cosas que no siempre son del todo transparentes o que no siempre alcanzan para legitimar que las horas cátedras estén cubiertas por los más idóneos, los cargos directivos estén en mano de los más capaces para gestiones institucionales,  pero que a la larga garantiza justicia e igualdad y reduce los nombramientos por amiguismos. Tanto como sirve de control para que no echen a un docente o lo maltraten si no le cae del todo bien al director de turno. Seguramente hay mucho que pulir en la forma de acceder a un cargo o a horas cátedras, pero hasta ahora es el sistema más limpio y democrático. Y las fallas obedecen casi siempre a alguna situación de corrupción, hablando clarito, clarito.

Veamos otra cuestión que no deja de preocupar y hasta agobiar a los maestros y profesores de las escuelas privadas: el número de alumnos que tienen por grados y por cursos. Un cuarto año de una escuela privada de barrio San Vicente tuvo el año pasado más de cuarenta y dos alumnos, un quinto de escuela de Alta Córdoba, más de cuarenta, un primer año de escuela de General Paz, más de cuarenta alumnos. Los grados de primaria suelen ser igual de numerosos. Claro que el número suele disminuir en proporción al aumento de la cuota, es decir, algunas escuelas confesionales son considerablemente menos caras que las privadas. Y si éstas no tienen subsidio de la provincia, son más caras. La problemática de los cursos numerosos está en relación con lo que se conoce como clases personalizadas y buen control sobre lo aprendido. No es lo mismo terminar de enseñar un programa a que el mismo haya sido aprendido por los alumnos. A veces es tal la urgencia, la presión y la necesidad de mostrar eficiencia que olvidamos la diferencia entre bien enseñado y bien aprendido. Ni hablar del tipo de evaluaciones que nos vemos obligados a tomar cuando el curso supera los treinta y cinco alumnos.

Más allá de las consideraciones sobre la disciplina, las cosas que pasan en la escuela pública pasan en la privada. Doy fe. Encontrar luego del acto del día de la bandera, la bandera del mástil tirada en el inodoro del baño de las chicas, alumnas que cambiaban las notas en la computadora, que tomaban alcohol en un campamento o retiro, chicos fumando en el baño, robando de la cantina. Porque no son chicos que crecen en una burbuja separados del resto de la sociedad. De pensar esto nos estamos equivocando.

Si la escuela tapó en todos y cada uno de los casos los hechos para preservar la buena fama de la misma no quiere decir que no hayan sucedido. Pero, obviamente, nunca trascendieron y salvo los padres de los alumnos involucrados, el resto ni se enteró. Ergo, en esta escuela no pasan las cosas que pasan en la otra. Sólo tapo el sol con un dedo. Las cuestiones de fondo no siempre se hablan, ni se discuten, ni se tratan.

Ahora, en algunas escuelas públicas hubo y hay directivos que también han ocultado actos de indisciplinas por temor al qué dirán. Y así lo estamos pagando.

La disciplina es mucho más que control, es mucho más que un talonario de amonestaciones. Un tema que con el correr de los últimos años se ha ido complicando por las variadas aristas que tiene. En una escuela privada es bastante más fácil cubrir algunos cargos, sobre todo si con el subsidio de provincia se paga a los docentes, el dinero de la cuota permite pagarles a  preceptores, entre otros. En la pública, se debe esperar a que se autoricen los nombramientos con la consabida demora. Y por supuesto, eso se nota en el control de la disciplina.

En notas anteriores cuando hablé de la violencia escolar, señalé que cuando no se cubren las horas cátedras vacantes con celeridad, cuando no se cubren cargos, las horas libres aumentan el riesgo de actos que van desde patear una botella a tirar una piedra a la calle. ¿Quién tiene la culpa? Cuando hay una preceptora para cuatro o cinco cursos, ¿quién es responsable?.

Cuando a su vez, hay chicos del turno tarde que entran al contraturno a las 9.30 de la mañana para salir a las 18:15, mal almorzados, mal dormidos, sin baños adecuados para higienizarse, que a veces deben soportar varias horas libres porque hay profesores que faltan o porque no se han cubierto las vacantes, ¿quién es responsable? Les decimos a los chicos que es esencial una buena alimentación, el respeto, la higiene, pero transgredimos el discurso tres o cuatro días a la semana cuando los chicos y chicas deben permanecer casi nueve horas en la escuela. Los veo día tras día, comiendo un mal sándwich, el más barato, lo tragan a mitad de camino entre el pasillo y el aula. Se tragan el sándwich y se atragantan con la vida, que les dice un discurso y luego les muestra que  la realidad es otra.

Y así se les pasa la secundaria, entre las contradicciones que los adultos aún no podemos resolver porque también nos hemos atragantados con promesas fallidas.

El problema de la educación no pasa por lo público o lo privado, tanto como el de la violencia y los robos no se resuelven con irse a vivir a un country. Una tapia, una reja, un talonario de amonestaciones, no resuelven la crisis de una sociedad que va de la anestesia del no hacer a las represalias. La escuela es esa misma sociedad en una escala menor, pero no son menores los problemas que aparecen. ¿Qué hemos perdido en este viaje de la humanidad hacia el mundo de la tecnología? Me recuerda la película 2001, Odisea del espacio y el mono tomando el hueso. O las imágenes de La naranja mecánica, en el que el límite entre la locura y lo irracional se liaba con lo macabro y lo retorcido de un pensamiento hiper racional.

“-Hay pecado supongo, pero el castigo fue del todo desproporcionado. Te han convertido en algo que ya no es una criatura humana. Ya no estás en condiciones de elegir. Estás obligado a tener una conducta que la sociedad considera aceptable, y eres una maquinita que solo puede hacer el bien. Comprendo claramente el asunto… Todo ese juego de los condicionamientos marginales. La música y el acto sexual, la literatura y el arte, ahora ya no son fuente de placer sino de dolor.
-Así es, señor –dije, mientras fumaba uno de los cancrillos con filtro de corcho de este hombre bondadoso.
-Siempre se exceden –dijo el veco, secando un plato con aire distraído-. Pero la intención esencial es el pecado real. El hombre que no puede elegir ha perdido la condición humana.” (Fragmento de La naranja mecánica  de Anthony Burgess)

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