Una publicación efímera, como todo

La muerte que el aula no frena

In Educación, Opinión, por Caty Giménez on 30 abril, 2013 at 9:00

carrerito con netbook

por Caty Giménez

La semana que pasó se vio sacudida por una serie de hechos violentos en el barrio Marqués  Anexo de la Ciudad de Córdoba, que no sería motivo de una nota en esta columna si no fuese porque involucra a una comunidad educativa, la del Cenma 23 y que de esta manera merece una análisis de algunos de los discursos que han circulado en los medios de comunicación. Porque si hay que hablar de lo que pasa en ese lugar tenemos que hablar sobre qué pasa en la educación en la Argentina y qué pasa en las escuelas de Córdoba, que ninguna se salva, aunque creamos que sí y metamos la cabeza en un hueco como el avestruz.

Como comunidad educativa, el Cenma involucra a alumnos, docentes, padres y como tal es imposible que no se vea atravesada por cada uno de los conflictos que la rodean. Pensar una escuela de esta manera sería una utopía, tanto como pensar que la escuela puede resolver lo que el estado como ausente en décadas no ha hecho. Y tanto como decir, según lo leído en un artículo de La Voz del Interior que la escuela ya no funciona como contención.

La escuela no es un espacio de contención. Creer esto no sólo es un error sino que es peligroso, porque justamente un modelo escolar desde esta perspectiva es lo que provoca la ausencia del Estado, la justicia y los organismos capacitados para atender los conflictos sociales violentos que provoca el narcotráfico. ¿O acaso se piensa que un docente formado para dar contenidos de Química, por ejemplo, puede manejar mecanismos de contención social? Grave, gravísimo yerro. Somos profesionales competentes en las disciplinas para las que nos hemos formado, por lo que cualquier otra competencia no sólo nos excede, sino que ejercerla sería un acto de irresponsabilidad. Para esto están los trabajadores sociales, sicólogos, sicopedagogos.

Durante los últimos años los docentes venimos escuchando que la escuela es el último espacio de contención en una sociedad violenta y enferma y los gremios y autoridades jamás se plantaron para decir que no es así. Analizar los motivos por los que las discusiones sobre el tema se fueron aplazando, o los subterfugios que se usaron y usan para negar el espacio a las mismas ya no tiene sentido. El problema nos aprieta, el agua nos llegó al cuello.

Claro que esa escuela además ya no existe, está desdibujada y va siendo hora de tomar cartas en serio en el asunto, que las transformaciones no pueden pasar  solamente por las reformas curriculares. Hacen falta cambios de forma y fondo de esos que van a doler, pero menos que las ausencias de los chicos muertos. No hay mucho margen para elegir rumbo.

Por otro lado, el tema del enfrentamiento entre bandas en las villas de emergencia no es nada nuevo. Pretender que sí es tan irracional como pretender que la solución vendrá como por arte de magia atrapando a uno que otro prófugo. Tema instalado desde la década del ’90, cuando empezamos a trabajar en lo que entonces se llamaban escuelas urbano marginales con algunas estrategias que posibilitasen la reflexión sobre droga y prostitución. Y a buscar herramientas diferentes a las pocas que teníamos hasta entonces y que, además, diesen resultado. Lo que siempre nos faltó fue el apoyo sostenido de las autoridades responsables, los recursos para llevar adelante las propuestas que surgían de talleres autoconvocados, espacio y tiempo para esos talleres. Sobraba el miedo, ese que paraliza y sobre todo, sobraban los prejuicios que nos llevaron a creer que jamás nos iba a tocar a nosotros.

Frente a nuestros ojos pasaba una película muy diferente a la que las autoridades decían que pasaban. Los chicos dejaban de ir a la escuela y a la semana nos enterábamos que estaban presos, heridos, muertos o prófugos. A la vista de la policía esos chicos ya eran peligrosos desde la cuna. Para mí, que recién empezaba en esto de ser profe de secundaria, eran unos niños que habían venido a un mundo en el que las chances de llegar a adultos eran mínimas. Y más mínimas aún las de poder  superar los condicionamientos en los que crecían.

El paso a otra escuela estatal dejó atrás la guerra de bandas, de barrios, y los chicos presos. No así la droga, y la venta de droga en escuelas o alrededores. Claro que de eso no se hablaba, ni se habla…tampoco se puede revisar a un alumno ni decirle que no consuma porque lo niegan violentamente. Las sospechas flotan en las escuelas y en las plazas cercanas o en algunos kioscos. Si un alumno se duerme en clase hay que llamar al servicio de emergencia (en el caso de que la escuela cuente con él, obvio) para que así al menos quede una constancia y los padres (en el caso de que se hagan cargo del chico, obvio) se den por enterados de que el niño consume. Lo van a negar, chicos y padres. De eso no se habla, usted está equivocada, sólo es que fuma mucho, o a veces toma, pero no se droga. Hasta que sale de la escuela en ambulancia…si tiene suerte.

A dos décadas de un fenómeno que la escuela no podía enfrentar ni resolver, la problemática se ha complejizado. Porque la sociedad que entonces miraba para otro lado, padece las consecuencias y está cercada por la droga, y los efectos colaterales que ésta acarrea. Paro claro, ¿a quién le podía importar entonces que los marginales se matasen entre ellos? ¿A quién le importa ahora? ¿Quién le dice a las autoridades del Ministerio de Educación que mucha de la deserción escolar en las zonas rojas es por muerte, prostitución, droga…? Bueno, ahora la leen en los diarios. Tal vez ahí se den por notificados. Que las notas que las escuelas enviaron estos veinte años deben dormir en un cajón o en una papelera de PC.

Políticas educativas que en la Reforma de los ’90 cerraron las escuelas técnicas y de oficio, cancelando de esa manera las posibilidades que algunos tenían para conseguir un trabajo o salirse del círculo de la muerte. Cerraron los talleres en los que se capacitaban alumnos para una salida laboral, más o menos digna, como los del Garzón Agulla. Cerraron con cancel las puertas de la vida, para abrir las de la cárcel o la morgue.

Así mismo cerraron muchas escuelas rurales (¿lo recordará el hijo de Ramón Mestre, intendente de la ciudad de Córdoba?) lo que desplazó a muchos jóvenes a las ciudades, a asentamientos precarios de esas ciudades de las que difícilmente podrían salir jamás. Algunos, muy pocos, zafaron. La mayoría fueron madres y padres precoces con apenas los medios para sobrevivir, se vieron con hijos que tendrían menos chances aún que ellos. Niños y adolescentes que hoy se matan o mueren en las calles, que se encuentran en un baldío, víctima de gas butano. Que se encuentran en las plazas prostituyéndose, cerca de algunos bares que todos saben cuáles son, pero ninguno se hace cargo.

¿A quién sorprende lo que pasa hoy en las escuelas? A los docentes no. Lo venimos denunciando. Les decimos que esta escuela agoniza. Que la reforma tiene que ser YA. Anclada en la vida real, no en el delirio de iluminados de escritorio que en pocos años más se esconderán en barrios cerrados esperando que las bestias de afuera terminen de matarse entre ellos.

No alcanza con una reforma curricular. Queda bonita, eso sí. Pero pronto no tendremos a quien darles clases. Un chico no se puede pasar un promedio de ocho horas afuera de su casa mal alimentado. Señores del Ministerio, los chicos no tienen dinero para un almuerzo como corresponde, y tampoco tienen un lugar en la escuela donde sentarse a comer (salvo que tengan la suerte de contar en una secundaria con Paicor). Comen tirados en la vereda un sándwich de mala muerte (nunca mejor dicho lo de mala muerte, candidatos a trastornos alimenticios, nuestros adolescentes van de la anorexia a la obesidad) . Eso sí, en la currícula actual hemos incorporado todo lo nuevo sobre una alimentación sana.

Ah! Y Educación Sexual…en una sociedad en el que el modelo de familia está en la cuerda floja. Expuestos y en la calle, con padres que apenas saben de sus hijos, hay una franja etaria, cultural y social que por más que en la curricula diga lo contrario, cada una de estas acciones, charlas y clases de cómo colocar un preservativo ya llegó  tarde. Veinte años tarde. Tenemos un promedio de tres alumnas embarazadas por curso, que no pasan de los quince años. Tenemos varones que van a ser padres, que no pasan de los quince años. Tenemos chicos que se duermen por mal comidos. Todo esto desde hace veinte años. No ahora, desde hace rato. Y la escuela lo viene señalando desde todo ese tiempo. Por eso cuando uno lee que la escuela ya no puede contener a los chicos la respuesta es que la escuela no estuvo ni está para contenerlos. No es un dique por el simple hecho de que a los paredones los hicieron estallar cuando el Estado miró para otro lado.

¿Un análisis duro? Tanto como el ver que hoy los chicos se matan en las calles.

Auspicio Macao

 

 

  1. Gracias, Silvia, por compartir este link. Como verás, al leer mi nota y seguramente otras anteriores en las que he mirado desde adentro de las escuelas las problemáticas de violencia, adicciones y educación, mi postura es bastante más crítica con respecto a este tipo de Programas. Una por las limitaciones que los mismos terminan teniendo en cuanto a las herramientas, sobre todo las legales, que tenemos en las escuelas. Sí me parece un avance, aunque un programa provincial anterior lo intentó, es que no tengamos que hacer la denuncia ante la policía. Espero que el Dr Sileoni, encuentre el modo en que lo podamos hacer realmente. Es decir, que en la práctica y al ver a una alumna de tercer año, fumando un»porro» o «tuca» escondida en un aula vacía, que además esté completamente dada vuelta, yo pueda actuar sin que me aten las manos desde los lugares que en la nota afirmo que nos atan las manos. En cuanto a la capacitación, bienvenida sea. Pero de verdad y lo que más se necesita es, la herramienta legal, leyes que protejan a los niños en estado de indefensión y hablar no sólo del alcohol como droga si no que se blanquee el consumo que hay de drogas duras y blandas. Deseo que este Programa se amplíe en tal sentido y que por otro lado se corrija el discurso que sostiene » En general, hay una tradición que centra el tema en los ámbitos de la seguridad y la justicia, pero hoy la mirada es más amplia: las 45 mil escuelas tienen una tarea muy importante, con los 940 mil docentes y los 12 millones de alumnos”. Esto hace veinte años que NO es así, lo digo en la nota y no es un invento, es la experiencia de muchos.La mayoría de los docentes hace décadas que ponen la mirada en las adicciones. Pero en materia de prevención,detección, protección, el Estado se ha quedado atrás. Bienvenidas las herramientas.Los protocolos ya los tenemos…y no funcionan.

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