Una publicación efímera, como todo

Los pingüinos y el tigre

In Opinión, por Jorge Felippa on 13 mayo, 2013 at 9:00

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por Jorge Felippa

A veces, la lectura de un libro y la visión de una película, disparan asociaciones que algunos pueden considerar arbitrarias o “ilícitas”, con la realidad cotidiana que exudan la prensa gráfica, televisiva y las redes sociales. Pero, ¿qué o quién valida o descalifica esos recursos, sino la propia experiencia vital, física y espiritual, del que consigue cifrar en historias, lejanas y más o menos extraordinarias, algunas claves para intentar echar luz sobre la realidad más inmediata?

Valga esta breve introducción para decirles que acabo de ver la película “Vida de Pi”, (aquí subtitulada algo así como “Una historia extraordinaria”), dirigida por Ang Lee y ganadora de cuatro Oscar este año. El film está basado en la sí extraordinaria novela de Yann Martel, que había leído hace unos años, – le agradezco a Martín Cristal su regalo-, y que no me canso de recomendar. Por acá había pasado desapercibida y quizás ahora, con la película, haya reaparecido en las librerías. No dejen de leerla, pues cómo suele suceder muchísimas veces, aunque el film se deja ver con interés, la novela-¡ah, los amados libros!-, es absolutamente “tierna e imaginativa” como escribió Martín Cristal. Y obliga y dispara reflexiones incesantes.

“Vida de Pi” nos cuenta la historia de un joven indio curioso e intrépido, que por un lado quiere penetrar los misterios de Dios hasta el punto de profesar “tres” religiones: el Hinduismo, el Cristianismo, el Islam; y por el otro, quiere ver en los animales un tipo de alma con la cual busca comunicarse. La tragedia llega a la vida de Pi desde que su padre le impide -o le desaconseja-, creer en tantos dioses, alentándolo a concentrarse más bien en uno, o en ninguno. Otro momento en que la vida del joven corre peligro es cuando, en su intento de compenetrarse con los animales, se empeña por alimentar al tigre de Bengala con la mano, desafiando así al ejemplar más fiero y bello del zoológico familiar, y dentro del cual él también ha crecido.

El momento más doloroso llega, cuando su familia decide emigrar -con animales y todo-, en busca de mejor fortuna en América del Norte.

Todo es puesto en duda cuando la familia de Pi, junto a cientos de pasajeros de un barco mercante japonés, es envuelta por las olas de un naufragio, el cual sólo deja con vida al muchacho y a cuatro animales salvajes en una reducida barca de rescate.

La historia es contada por el mismo Pi a un novelista, unos cuarenta años después, quien no puede creer que aquel haya podido convivir con estas especies en alta mar. Los cuatro animales con los que Pi convive en el bote son una hiena, una cebra, una chimpancé y el tigre de Bengala. Las leyes de la supervivencia rápidamente hacen lo suyo, hasta que finalmente Pi queda a solas, en medio del océano, con el tigre, muy hambrientos los dos.

Recuerdo que al leer el libro me impresionó cómo el aprendizaje religioso, sus creencias aportadas por tres visiones del cosmos y el mundo terrenal, le ayudaron a la supervivencia, no sólo contra los embates de la naturaleza desatada, sino también con esa fiera bellísima y depredadora. Las imágenes de la película, a veces por su crudeza, potencian aquella lectura y agregan otras: cómo cada uno de nosotros debe “marcar su territorio”, poner límites para evitar ser “pasto de las fieras” que no entienden nada de la convivencia con el otro. Esas fieras, que a menudo están afuera, pero también adentro nuestro.

 

Asociaciones ilícitas

 

Cuando el “pingüino” Néstor Kirchner asumió la presidencia el 25 de Mayo de 2003, el “gorila” mayor del centenario diario mitrista, desde el editorial de ese mismo día, le quiso marcar el territorio. Claudio Escribano, cuñado del juez de la Corte Suprema Carlos Fayt-quien debió haberse retirado hace quince años según los propios reglamentos de los Supremos-, le impuso un virtual “pliego de condiciones”, a los que debería atenerse si quería sobrevivir un año en el gobierno.

Pero Kirchner dijo en su discurso de asunción que no había llegado hasta ahí para “dejar sus convicciones en la puerta de la Casa Rosada”. ¿Alguna vez se había visto que un pingüino le marcara el territorio a los habituales “reyes de la selva”: los poderes fácticos económicos, judiciales y militares? Bajar el cuadro de Videla, abrazarse a las Madres de la Plaza e iniciar el juicio a los militares genocidas, fue como mearles las puertas de la Recoleta.

Entonces, para calmar a los tigres de Papel Prensa, el Pingüino, ingenuo, les regaló unos años más de licencia en sus señales de cable, radio y televisión. Eso en lugar de apaciguarlos, los cebó en su impunidad.

Cuando le traspasó el mando a la Pingüina, lanzaron una confrontación cada vez menos solapada con la democracia, que culminó con el alzamiento del “campo” en el 2008. Millones de argentinos asistimos impávidos a la invasión de una nueva generación de “gorilas” que, se negaban a compartir un céntimo de sus abultadas ganancias con el resto de la “monada”.

Apenas asumió Cristina, en un rapto de revisionismo verbal que rescataron del nefasto año de la muerte de Eva Perón, comenzaron a motejarla “la yegua”. Desde entonces, en cualquiera de los medios monopólicos, podemos leer y escuchar la “pluralidad” de insultos, descalificaciones y enfermedades que se le atribuyen a la Presidenta.

¿A qué se debe este resurgimiento del “gorilaje” travestido de republicanismo?

Evidentemente, a que los “pingüinos”, esa especie venida del sur, ha traído no sólo un frío que intenta congelarles sus privilegios, sino que ha soltado por las anchas avenidas de la democracia, otro impensado y saludable “aluvión zoológico”. Y eso, a los “reyes de la selva”, los tiene muy nerviosos.

No se aceptan insultos de ninguna clase. Si querés dejar tu opinión hacelo con altura y respeto. Gracias.

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