Una publicación efímera, como todo

Ni apocalípticos ni integrados: Maestros

In Educación, Opinión, por Caty Giménez on 14 mayo, 2013 at 9:00

L-pocoyo

por Caty Giménez

La semana pasada la palabra se instaló en el IPEM de barrio Márquez de Sobremonte Anexo. Instalar el decir y la escucha en la comunidad significa avanzar en poner en limpio el conflicto en el que se involucra el barrio y que atraviesa a la escuela en todas sus aristas. Una serie de actividades forman parte de un proyecto que se asegura la continuidad con estrategias y herramientas para que los chicos y los adultos puedan encontrar el camino que los aleje de la violencia y las adicciones. Y aunque parezca una utopía, la metodología elegida es, sin lugar a dudas un modo de romper con la inercia y el prejuicio de que nada se puede modificar.

Empezar por reconocer que hay un problema y enfrentarlo ya es un avance, pero si además se lo supera con la claridad de que la solución debe salir de un colectivo social y no de individualidades, garantiza al menos que los resultados (que pueden no ser inmediatos pero que seguramente serán profundos) replicarán en otros ámbitos del barrio. Es como mostrar que no alcanza con limpiar un terreno y hacer la cancha de fútbol. Hay que fundar. Y la palabra sabe de fundaciones, y significaciones a largo plazo. La palabra dicha, la palabra escuchada es el ritual humano por excelencia. Podrá ser arbitrario en algún momento, pero puestos de acuerdo y trabajando en equipo, trascenderá hacia la humanidad que pretendemos como docentes, los chicos conozcan y asuman.

En todos estos años recorriendo las escuelas del interior con diferentes programas y proyectos tanto de Nación como de Provincia, pude comprobar que instalar la palabra, ya fuese desde la oralidad, la lectura y la escritura constituía espacios para interacciones que ahondaban no sólo lo pedagógico sino también lo social y lo cultural. El trabajo con la lectura de textos literarios de los más simples a los más complejos abría eso que Graciela Montes nombraba como los mundos posibles. Los que los chicos del norte sólo podían oler o imaginar cuando la voz de Gustavo Roldán en los cuentos le contaba las historias de su Chaco, o sentir los latidos del mar en las historias de sirenas, o ver el modo en que una palabra se anudaba a otra y a otra y fabricaba una escalera que era el modo más sublime de salirse del monte y llegar, por ejemplo a la Feria del Libro. Lo que cada uno de nosotros sabe que tiene como la razón de ser de tantas horas dedicadas a que una poesía o un cuento resignifique lo que para esos chicos puede ser EL UNIVERSO completo.

Muchos son los proyectos y programas que los docentes llevan adelante en las escuelas de Córdoba, entre los que podemos citar las acciones del Plan Provincial de Lectura, las capacitaciones virtuales para cada una de los espacios curriculares acompañando a los nuevos Diseños, las escuelas que sumaron la Jornada Extendida como proyecto de inclusión a partir de diferentes formatos curriculares y que prevé sacar a los chicos de la calle con actividades que se diferencien de las de la jornada áulica.

La escuelas rurales presentan una realidad que también requiere de programas que posibiliten lo que se conoció en el 2008 como Oportunidades de Ingreso a la cultura letrada y  que con el correr del tiempo se transformó en” Ingreso y Permanencia”. Este programa del INFOD contó con docentes de todos los niveles abocados a la tarea de llevar la palabra y los textos a las escuelas rurales más alejadas de la capital, posibilitando el trabajo con las maestras tutoras y los docentes en equipos interdisciplinarios y dinámicos. La mayoría de los CB rurales a los que se llevó el proyecto, mantienen el trabajo con Talleres de lectura y escritura ampliando el espectro a las áreas de sociales y de naturales y no sólo de literatura, junto con las modificaciones pertinentes según la población estudiantil que tienen.

Trabajar con la palabra brinda la posibilidad de fundar un espacio nuevo, que aleje a chicos y docentes de los conflictos que puedan involucraros y que reduce las sensaciones de fracaso. El doble fracaso, el del chico y el del docente que siente que no hay forma de avanzar y superar la inercia creada por el desencanto o el desinterés. Sensaciones, no realidades. Pero que de alguna manera parecieran no dejar ver la luz. Cuando el trabajo en equipo provoca y sacude las dudas, las chances de avanzar hacia resultados positivos son mayores.

Durante la semana pasada y leyendo los comentarios de tantos amigos y colegas con respecto a las notas anteriores tuve la certeza de que cada uno de los que caminamos las aulas no tenemos una visión apocalíptica ni derrotista de esta escuela del siglo XXI que nos está interpelando y que el análisis de una situación de crisis no necesariamente significa un reduccionismo pesimista.

Por el contrario, dicho análisis que no es individual, porque es la resultante de lo que se cocina en cada escuela cada semana, pone blanco sobre negro, explicita el conflicto que los que estamos en el aula sabemos que nos está estallando en la cara y a la vez nos permite encontrar la salida del laberinto sin llegar a morir cocinados por los rayos solares. No me cabe duda de que cada profe, maestro y preceptor ensaya y con éxito, una serie de fórmulas que le permiten superar las crisis cotidianas, aún antes de esperar que lleguen desde arriba. No me lo cuentan, lo veo, lo sé, no soy una teórica, estoy en el aula y respeto el trabajo de hormiga de mis colegas. Nadie viene a contarme la violencia escolar, la respiro cada semana, tanto como la falta de tizas y borradores. Y es por esta pasión puesta en el aula que sé que el problema sólo cambia de forma, pero que en el fondo sigue siendo el mismo que inspiró a Sobral o a Vieyra Méndez: iluminar a nuestros chicos de tal modo que el saber no sea un discurso sino el modo de alcanzar el derecho a ser un ciudadano libre.

Si alguien pensó que las notas tienen un cariz pesimista, dejó sin leer las propuestas que en cada nota siguen al análisis del problema, y que rescatan desde el quehacer y la práctica áulica las herramientas, estrategias y metodologías con las que contamos y refuncionalizamos en un hipermodernismo que ha modificado los discursos. Lo que indudablemente si sucede es que ese espacio de opinión con respecto a lo que nos pasa en las escuelas no tiene voz donde debiera tenerla. Pero ese es otro cantar. Que no es el del pesimismo agorero porque si no hubiese hecho lo que ya dije una vez, ponerme un kiosquito. Pero no voy a hacer la del avestruz de meter la cabeza en un pocito moviendo las plumitas de la cola afirmando que todo está bien. Sobre todo porque hay miles de docentes, colegas y amigos, que están haciendo lo mejor que sabemos hacer y es mostrar y demostrar que hay infinitos mundos posibles. Y no queremos quedarnos en la soledad del aula, como hay directivos que no se quieren quedar en la soledad de los despachos y  porque queremos recuperar la autonomía escolar que la matriz autoritaria viene minando.

Todos los docentes sabemos dónde debemos recurrir para ver las experiencias de nuestros colegas. Si hay algo que no ha muerto en el ámbito escolar es hablar del hecho de enseñar como el ritual que no podemos dejar que se apague. En lugares convencionales y en lugares no convencionales, en congresos, seminarios, jornadas, posgrados, maestrías, gratuitos o pagos. Haciendo lo pedagógico en el aula y no sólo en los manuales. Probando como los alquimistas una a una las recetas, combinaciones y fórmulas que nos permitan ver la llama de “¡ya entendí!” en los ojos de nuestros chicos.

No somos pesimistas cuando decimos que la escuela está explotando por distintos sectores. No confundan realismo con hecatombe. Si a alguno le molesta el realismo en el modo en que abordamos la crisis y pensamos cómo llegar a las soluciones está haciendo una lectura a medias. Y como siempre le digo a mis chicos, leamos entre líneas, siempre se dice más de lo que parece.

Mostrar las “venas abiertas”, las heridas, la carne viva, es simplemente señalar dónde hay que empezar a sanar y salvar lo que más amamos. La escuela que la mayoría de los docentes hacemos cada día trasciende los paquetes de medidas políticas y económicas coyunturales. Los gobiernos pueden pasar, pero un maestro está en la escuela más de treinta años, porque tiene el proyecto de una democracia con auténticas libertades individuales y sociales.

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