Una publicación efímera, como todo

El cine implanta falsedades en tus recuerdos

In Opinión, por Juan Manuel Robles on 13 septiembre, 2013 at 19:14
"Las fuentes de distorsión de nuestros recuerdos pueden ser variadas, pero el cine y las series de televisión están entre los sospechosos comunes. Vivimos en un mundo en el que la internet y las redes sociales obligan al procesamiento rápido de la información, lo que produce memorias de baja calidad", plantea  Juan Manuel Robles en esta nota publicada en Etiqueta Negra.

«Las fuentes de distorsión de nuestros recuerdos pueden ser variadas, pero el cine y las series de televisión están entre los sospechosos comunes. Vivimos en un mundo en el que la internet y las redes sociales obligan al procesamiento rápido de la información, lo que produce memorias de baja calidad», plantea Juan Manuel Robles en esta nota publicada en Etiqueta Negra.

Leemos hoy:

«(…) Hay razones para pensar que las películas y las series de televisión podrían desfigurar nuestros recuerdos. Una superproducción gasta millones para hacer una réplica perfecta de lo cotidiano, y por eso el cine es hoy el constructor de arquetipos por excelencia (un juzgado, un laboratorio, Londres victoriana). El cine, además, cuenta una historia: una sucesión de eventos con sentido. Investigadores como Donald Polkinghorne sostienen que la narrativa es muy eficiente en la fijación de los recuerdos.

(…)

Las fuentes de distorsión de nuestros recuerdos pueden ser variadas, pero el cine y las series de televisión están entre los sospechosos comunes. Vivimos en un mundo en el que la internet y las redes sociales obligan al procesamiento rápido de la información, lo que produce memorias de baja calidad. Nicholas Carr, finalista del Pulitzer con Superficiales, un libro sobre cómo la red está cambiando nuestro cerebro, sostiene que las nuevas formas de comunicación digital no crean las condiciones químicas necesarias para los recuerdos profundos. En ese contexto, las narraciones audiovisuales siguen siendo una fuente poderosa de memorias de largo plazo, es decir, recuerdos bioquímicamente saludables. Las películas gozan de algo cada vez más esquivo en el mundo real: nuestra atención.

No se trata de una influencia menor. La neurociencia lleva años utilizando retratos de celebridades para medir la actividad cerebral de «lo familiar».

(…)

Estudios con imágenes de resonancia magnética confirman algo más o menos esperable: que reconoces con mucha más intensidad el rostro de un famoso que el de alguien a quien vuelves a ver días después de conocerlo; por ejemplo, en la última boda a la que te invitaron. La chica célebre activa regiones de la memoria de largo plazo que no responderán cuando te reencuentres con una persona con la que estuviste hablando; por ejemplo, la guapa prima de la novia.
Los experimentos de Elizabeth Loftus evidencian que nuestra memoria es frágil, pero también capaz de generar arquetipos muy enraizados. La memoria infantil del rostro de tu hermano es sólida (aunque podríamos discutir si esa memoria es la de su rostro actual o el de esos años, ¿cuántas versiones de rostros guardamos según la edad?). La memoria de tu mejor amigo del colegio es ciertamente sólida. La de tu segundo mejor amigo, probablemente también. Pero ¿qué hay del tercer o cuarto amigo, el chico que se sumaba al grupo a veces, del que no conservas fotografías? ¿Puedes visualizar ese rostro? ¿Qué tan nítido es? Imagina que te das a la tarea de reconstruir una escena en la que participa esa persona. Como nuestro cerebro es poderoso, el rostro aparecerá. La pregunta es si ese será el rostro original. Y lo mismo puede aplicarse a alguien que conociste cierto verano en la playa, un ser espléndido que acuñó —verbo peligroso— desde entonces tu idea de belleza, y que nunca volviste a ver. ¿Prevalecerá esa cara? ¿O es que apelaremos a la vasta galería interior, a una especie de archivo facial? La mujer de mediana edad que te encontró cuando te perdiste en el supermercado poseerá un rostro en el mismo instante en que te creas la historia. ¿Pero cuál? ¡Si ni siquiera existe! En Searching for memory, Daniel Schacter cuenta el caso del australiano Donald Thompson, detenido por la policía acusado de violar a una mujer. Afortunadamente Thompson tenía una coartada que era también la explicación del hecho: minutos antes del ataque, él había aparecido en una entrevista, en vivo, en la televisión. La mujer lo había visto y había atribuido ese rostro a su atacante. Este caso es especial, pues la violencia y lo traumático de la experiencia influyen en la malformación del recuerdo, pero lo que asombra es la forma como un rostro específico puede colocarse con tal precisión en el recuerdo.

¿Cuántos rostros intrusos se han colado en nuestra memoria? ¿Cuántos actores de reparto de nuestra biografía tienen puesto el rostro de actores de reparto de verdad? El análisis es difícil. Como nadie puede ver dentro de nuestra mente, la comparación objetiva de las caras y las locaciones que conservamos es imposible. Y no todos tenemos la oportunidad de que nuestras vivencias estén sometidas al escrutinio público, ni contamos con videos de archivo con los cuales cotejar las exageraciones y errores. No todos tenemos acceso a la imagen fundadora, al árbol de plastilina original.

El descubrimiento de la maleabilidad de los recuerdos está por lograr el sueño de debilitar una memoria hasta el punto de extinguirla. O sea, darte una droga justo cuando acabas de estrujar el árbol de plastilina para que no puedas moldearlo de nuevo y te quedes con una cosa amorfa que la siguiente vez ya no reconocerás. No sé si esa cura maravillosa para los traumas —que ya se prueba en veteranos de guerra, sin resultados concluyentes hasta la fecha— llegue pronto. Lo que sí sospecho es que se instalará cierta forma de higiene de la memoria, considerando la nueva ola científica. Me refiero a determinadas costumbres que iremos aprendiendo para minimizar y controlar la distorsión. Quizás para las personas del futuro sea muy claro que recordar en exceso un episodio puede desfigurarlo. Quizás la gente diga «disculpa, hoy no voy a recordar el 11 de setiembre, sólo lo hago una vez al año, porque no quiero deformar ese día». Tal vez haya ideas circulantes, hábitos, quizás los adultos alerten sobre los riesgos de escribir basándose en una experiencia real, quizás sea común decir que ponerse a recordar la infancia después de ver una película sobre niños es una muy mala idea».

(Leer completa la nota de Juan Manuel Robles en Etiqueta Negra haciendo click acá)

  1. […] Que la memoria nos suele jugar malas pasadas no es novedad para nadie. Que incluso solemos tomar “prestados” recuerdos de películas o novelas, tampoco. Al respecto publicamos hace unos días una excelente nota al respecto aparecida originalmente en la revista Etiqueta Negra (ver acá). […]

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