Una publicación efímera, como todo

La conspiración, esa sustituta bastarda

In Opinión, por Analía Lorenzo on 1 octubre, 2013 at 13:12
(ilustración de Pawel Kuczynski)

(ilustración de Pawel Kuczynski)

por Analía Lorenzo (desde México, DF)

En la erupción anterior de Sobre el Volcán dedicada a Honduras dijimos que el nombre del país se debía a una expresión más ligada al susto que al gusto del almirante Cristóbal Colón, personaje clave en nuestra antología americana de conspiraciones.

Así como la imaginería patria de las naciones americanas se parecen entre sí en los detalles, el origen de nuestras similitudes y desgracias podría ser el mismo, una conspiración.

Cristóbal Colón en su retrato “oficial” muestra un clásico gesto masón en sus manos, detalle al que se suma las evidentes cruces templarias de sus carabelas. Éste es un personaje sobre el cual se ciernen infinitas confabulaciones. Se dice, por ejemplo, que no fue uno solo sino que fueron varios “Colones”. Colón figura histórica y nuclear para las teorías que sostienen que los templarios tenían conocimiento de la existencia de América (desmintiendo la teoría de que Colón llegó de casualidad y nos confundió con India). Estas teorías conspirativas son fundacionales y se reafirman tanto en el mapa de Piris Reis -oficialmente de 1513, pero sobre el que aún hoy persisten discusiones de un origen anterior a esa fecha-, como  por la inscripción en la lápida del Papa Inocencio VIII; este es el papa que “inventó” la caza de brujas y puso al sanguinario Torquemada en la Inquisición, el papa que en su pira de muerte, el mismo año del descubrimiento oficial de América, anticipaba: “Novi  orbis suo aevo inventi gloria”, algo así como “El nuevo mundo en su tiempo encontró la gloria” o según otra traducción, “Suya es la gloria del descubrimiento del Nuevo Mundo”, lo que provoca a algunos a preguntar cómo sabía el difunto pontífice, supuesto pariente de Colón, genoveses los dos, antes del 25 de  julio de 1492 fecha de su muerte, ocho días antes de que Colón partiera de Puerto de Palos, de un “nuevo mundo en su tiempo”. Ah, las supuestas conspiraciones templarias para un nuevo mundo católico puro. Debe haber una centena de libros al respecto, da igual.

Dejarse caer en la tentación

Como muestra valió el botón de la conquista templaria de las américas, pero si nos pusiéramos a recapitular sobre las teorías conspirativas americanas más conocidas podríamos mencionar desde los inmortales Illuminatis que pusieron el ojo mágico en el dólar estadounidense y diseñaron la capital del imperio; el asesinato de J. F. Kennedy; la caída de las Torres Gemelas; las acciones diabólicas de Monsanto; la prohibición del cáñamo (ligada a la categoría negocios, recordemos que el implacable Hearst metió sus naricitas); los X files de extraterresteres; la conspiración nazi en Sudamérica y mil más.

Sin embargo, desde los absurdos 100 focos de incendios en Córdoba hasta la posible descalificación de México en el Mundial de Brasil, pasando por el golpe civil que ha hecho de Honduras una especie de narco-estado, hoy por hoy, toda noticia merece una explicación conspirativa que cualquier taxista desarrollará sin pelos en la lengua.

La conspiración usualmente está ligada a algo secreto, una respuesta a las preguntas que las versiones oficiales son incapaces de contestar; pero la terrible limitación de la conspiracionería es que mete las patas en los terrenos de la ficción.

Cuando delineamos los detalles de una conspiración, bien podríamos estar escribiendo un guión para una película, entonces, se vuelve irrefutable. Esta frontera que vuelve ficcional la explicación causal de un hecho público exonera tanto al conspiracionista como al conspirador, algo así como la impunidad ideal, el ciudadano se vuelve naif.

La conspiración es parte de nuestras mañas. Un gran trecho separa al acto de conspirar, viejo verbo heredado del latín, propio como nuestro nombre, de las teorías conspirativas contemporáneas, a través de las cuales se pone en duda cualquier suceso de índole institucional y pública.

Nos hemos acostumbrado a pensar que todo aquello que pasa y se escapa a nuestra razón lógica, es una conspiración, o puede serlo, ya que “lo imposible de comprobar” suele ser el apellido de la conspiración; una forma extrema de pensar que la historia la escriben los que ganan; una forma de aceptar que la Historia es distorsión.

“Nunca atribuyas a conspiración lo que puede deberse a incompetencia”, me dice Alex. Sin embargo, la incompentencia también se parece demasiado a una conspiración, sino ¿cómo se explica tanto inútil en los Congresos de nuestras naciones?

Es que resulta que la conspiración suele ser la mirada más confiable de lo que nos sucede, la sustituta bastarda de la conciencia crítica.

La paranoia que nos lleva a creer que tras cualquier episodio se ocultan razones que privilegian los intereses de algunos, tiene un asidero real en nuestro cotidiano vivir. El advenimiento masivo de oficios como asesor de imagen, publicistas, expertos en propaganda y comunicación institucional, las nuevas tecnologías sociales y sus community managers, sumado a la ola de denuncias de grupos anarcoleaks, más la vieja y clara evidencia de que el patrón te roba, hacen que el oyente suspicaz pueda pensar que detrás de cada declaración pública, de cada gesto o cada abrazo, haya una intención de llevar agua hacia algún pozo, que probablemente no sea el propio.

Nombramos a Monsanto, demonio de moda, hay que decir que escarbar en este corporativo tira tela para conspirar. En principio, quién es el dueño o los dueños de Monsanto, empresa que se dedica con ponzoñosa pasión a negocios que conciernen a la humanidad entera como lo son las energías, los minerales, las semillas. Pero mejor les cuento una tontera que me pasó.

Caminaba una noche sola por las calles de Maputo, en Mozambique, al sur de África, cuando llegué a una avenida iluminada, elegante, y llena de carteles que indicaban que no se podía tomar fotos. Era la zona de embajadas y negocios. En esas que caminaba, se me aparece un cartel simple y gracioso. Era una casona grande pero no de las mejores, anunciaba a una empresa: Río Tinto. Me gustó el nombre, me acordé de todos mis amigos borrachos y le tomé una foto, que descarté por sosa cuando colgué mi album picasa de Maputo.

Antes de ayer, conversaba con un tipo que había trabajado para Greenpeace, un inglés ex marinero activista, hablábamos sobre los compañeros detenidos por los rusos hace pocos días por abordar una off shore petrolera y, entre que me daba información, apareció Río Tinto, uno de los principales corporativos de Monsanto. Fui a su página web: aluminio, energía, diamantes, exploraciones, son algunas de las palabras del negocio.

Como no había seleccionado la foto, dudé si la habría tomado. Pero allí estaba: el frente del corporativo Río Tinto en Mozambique, país arrasado. El único cartel al que le saqué foto en la zona prohibida: las energías conspirativas son infalibles.

Sin embargo, uno nunca conspira. Siempre son los otros.  Aunque, pensándolo bien, en gran medida, solo conspiramos contra nosotros mismos.

Los dejo con Alejandra, que escribió este poema el día de mi cumpleaños, nombrando conspiraciones que ni te imaginarías.

En esta noche, en este mundo

A Martha Isabel Moia

Ien esta noche en este mundolas palabras del sueño de la infancia de la muertenunca es eso lo que uno quiere decirla lengua natal castra

la lengua es un órgano de conocimiento

del fracaso de todo poema

castrado por su propia lengua

que es el órgano de la re-creación

del re-conocimiento

pero no el de la resurrección

de algo a modo de negación

de mi horizonte de maldoror con su perro

y nada es promesa

entre lo decible

que equivale a mentir

(todo lo que se puede decir es mentira)

el resto es silencio

sólo que el silencio no existe

II

no

las palabras

no hacen el amor

hacen la ausencia

si digo agua ¿beberé?

si digo pan ¿comeré?

III

en esta noche en este mundo

extraordinario silencio el de esta noche

lo que pasa con el alma es que no se ve

lo que pasa con la mente es que no se ve

lo que pasa con el espíritu es que no se ve

¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?

ninguna palabra es visible

sombras

recintos viscosos donde se oculta

la piedra de la locura

corredores negros

los he recorrido todos

¡oh quédate un poco más entre nosotros!

mi persona está herida

mi primera persona del singular

escribo como quien con un cuchillo alzado en la oscuridad

escribo como estoy diciendo

la sinceridad absoluta continuaría siendo lo imposible

¡oh quédate un poco más entre nosotros!

IV

los deterioros de las palabras

deshabitando el palacio del lenguaje

el conocimiento entre las piernas

¿qué hiciste del don del sexo?

oh mis muertos

me los comí me atraganté

no puedo más de no poder más

palabras embozadas

todo se desliza

hacia la negra licuefacción

V

y el perro de maldoror

en esta noche en este mundo

donde todo es posible

salvo

el poema

VI

hablo en fácil hablo en difícil

sabiendo que no se trata de eso

siempre no se trata de eso

oh ayúdame a escribir el poema más prescindible

el que no sirva ni para

ser inservible

ayúdame a escribir palabras

en esta noche en este mundo

8 de octubre de 1971

Alejandra Pizarnik

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