Una publicación efímera, como todo

Aquellos extraños días en Río de Janeiro que no recuerdo ni puedo olvidar

In Crónicas, por Analía Lorenzo on 15 enero, 2014 at 16:04

rio x analía lorenzo

por Analía Lorenzo (desde México, DF)

Llegué aquella noche a Río de Janeiro cansada y emocionalmente destruida. Tomé el taxi al hostal donde me iba a hospedar y me dejé llevar por el paisaje urbano de Río, grafitis, puentes como sementales, avenidas ardientes que parecían descansar, negocios penumbrosos con gente cantando. Llegué a Urca, elegante barrio en el que, al pie del famoso cerro, ubicamos la dirección del hostal; pagué y como arte de magia, el taxista desapareció, abandonándome frente a una puerta muda, con tres timbres. Toqué pacientemente cada una de las opciones, pero nadie atendió.
Me senté sobre el equipaje y comencé a fumar; al lado había un bar, atestado de vida, que vendía cervezas baratas. Compré una, y volví a la puerta a tocar los timbres. Ninguno respondió.
Decidí primero terminar mi bebida y después pensar qué hacer. Era de noche, hacía calor, estaba sola en Río de Janeiro, ¿qué podía salir mal?
Mientras elucubraba acerca de mi pasado reciente, evitando así hacerle frente a los evidentes inconvenientes de mi presente, la puertucha muda, se abrió.
Un joven con rastas largas, me miró y me dijo «debes venir con Edoardo», agarró dos de mis bolsas y las comenzó a subir. Sorprendida todavía por la aparición, me apuré a seguirlo antes que se cerrara la puerta. Llegamos a la azotea, dejó mi equipaje, sonrió, con un gesto se despidió y también desapareció. Mi situación distaba de ser normal, pero se había resuelto el tema de dónde dormir esa noche.
La terraza tenía tres habitaciones, un baño y un cuarto separado del resto, del lado de la cocina, cruzando el patio, el cuarto de Edoardo. Dejé mi equipaje en el patio y me dirigí a la puerta del casero, nadie respondió. Pregunté en voz alta, dos o tres veces: ¿Hay alguien acá? ¿Edoardo? Silencio. Revisé cada uno de los cuartos, todos preparados pero no había señales que alguien se hospedara allí.
Decidí que la suerte estaba de mi lado, me quité los zapatos, y me eché a dormir en un sillón.
De repente, el timbre. No. El teléfono. O mejor dicho, el timbre y el teléfono juntos.
¿Atiendo?
Llegué frente al teléfono y lo dejé sonar. Abrí el refrigerador y no había nada. Volvió a sonar, no lo atendí. Tocaban el timbre pero no encontraba adónde estaba el intercomunicador.  En la terraza había una piscina y metí las patas, hacía calor, estaba cansada, quería dormir y despertar en la playa. Sabía que no era factible, al otro día me pasaban a buscar para ir a trabajar, aunque no tenía certezas que estuviera en el lugar correcto; pero si ése no era el lugar correcto no sabía cuál era. Dormité.
A la madrugada, soñé que temblaba pero recordé que no estaba en México y me desperté. De repente, estaba rodeada de gente. Era una fiesta. Al fondo, un hombre delgado, sonriente y amable se acercaba a mí. Era Edoardo.
– ¿A qué hora llegaste? , me preguntó.
«Hace un rato», logré decir mientras miraba alrededor desconcertada por la ensoñación.
– Estaba en el bar de al lado, «no te reconocí».
La cabeza me daba vueltas, Edoardo puso en mis dedos un porro de mariguana encendido, que fumé, y me incorporó a la fiesta. De repente estaba conversando con cinco jóvenes cariocas que relataban entre carcajadas sus pesares laborales como modelos publicitarias.
Cargaba en mis espaldas, como una mochila pesada, una semana en Argentina que no olvidaría jamás. Mientras escuchaba las voces de las chicas contar las más insólitas historias de desprecio en el ambiente del modelaje; sentía que exorcizaba el pasado y pensaba cuál era el límite de excesos, en todos los sentidos, que puede resistir cada organismo humano, cada cuerpo, desde la punta del pie hasta el profundo cerebro.

-«Y entonces el agente me dice que parezco una DragQueen. ¡Travesti me dijo el agente…!»
Las modelos reían fuerte y delgado. Lo último que recuerdo fue la sonrisa de Edoardo cuándo le pregunté dónde podía ir a dormir.

El ventilador me azotaba agradablemente cuando el despertador indicó que debía abrir los ojos y aventurarme a la vertical. Solo había agua fría para la ducha. Como nueva, hice frente a lo que seguía. Salí a la luz tremenda del patio de aquella azotea carioca y allí estaba Tom, desayunando. Saludó en un conservador inglés, y me invitó a compartir el café, cosa que agradecí infinitamente.
Tom era el director del proyecto, un enfermero nacido en Bélgica pero «nacionalizado» inglés, como le gustaba recalcar, tenía muchos años de experiencia en la empresa, y a pedido de él nos reuníamos en Río para que nos diera, en persona, las guías básicas para que hiciéramos el trabajo tal y cómo él quería.
Noté que Tom, acompañaba el café de las ocho de la mañana, con una pequeña medida de whisky. Mientras me comentaba la agenda para el día, llegó Carol. Socia de aventuras de Tom, Carol era una ex policía de Scotland Yard, contratada por la empresa para asesorarnos sobre cómo actuar en un caso de emergencia. Era una mujer enorme, rubia y no muy femenina. Estaba alterada. Quería romperle la cabeza a alguien, preferentemente a Edoardo.
Gritaba que la noche anterior había tocado el timbre y llamado por teléfono y que nadie le abrió. Que logró conseguir un taxi en las desoladas calles de Urca y que tuvo que dormir en un hotel de paso, atestiguando cada grito deseoso de los amantes que gozaban en camas que no eran la de ella.
Vi a Edoardo escabullirse por la escalera con la habilidad de un ladrón, no lo volví a a ver hasta la última noche en Río, un par de horas antes de volver a México.
Antes de las nueve, llegaron los otros dos compañeros convocados por Tom. Terminadas las presentaciones y el café, Tom decidió cambiar de lugar y nos llevó frente a la playa, para sentirnos más cómodos. Esa mañana fue cuando regaló la primera ronda de cahipiriñas de la semana. Al atardecer, todos estábamos borrachos como tubas y no volvimos a ver la luz de la razón.
De aquella primera jornada laboral solo recuerdo el final, cantando los cinco, pero con un solo inolvidable de la ex policía de Scotland Yard una canción de José José, versión improvisada en inglés: «You say to me that we were loooooveeeeersss, that we had some important thing, so sorry but I can not rememberrr».
La jornada de trabajo siguiente fue similar, imposible recordar las instrucciones de Tom ni los consejos de Carol. Así pasaron los días de aquel entrenamiento, con recuerdos que vuelven de imprevisto y nunca tienen relación con el trabajo. Cada vez que intento recuperar aquellos días, imágenes entrecortadas se me atragantan: Tom con su botella de whisky nadando en el mar;  mis compañeros, que en sus cinco sentidos usualmente se enfrentaban en discusiones acaloradas, dormidos «en cucharita» a la vera de la piscina de la azotea de Edoardo; la ex policía bailando al compás de una sucia canción de Amy Winehouse; yo sentada en el piso de la ducha, empapada de agua helada, intentando recomponer la consistencia mínima de la realidad.
Cuando nos despedimos, todos nos sentíamos incómodos. Las miradas eran las de una banda criminal que se separaba después del robo y dejaba claro que nadie delataría al otro.
Llegué entrada la noche al aeropuerto y las tiendas estaban cerradas, me senté a mirar al personal de mantenimiento hacer sus tareas nocturnas mientras trataba de seguir pistas de lo sucedido en la instructiva borrachera que nos había regalado Tom.
Volví a México, intenté continuar la rutina normalmente, tuve que resolver las consecuencias que aquellos días de alcohol dejaron en mi pareja, y me dispuse a depositar aquellos momentos difusos en la bodega del pasado. Pero al siguiente viernes, un mensaje en el teléfono dio otro sentido a aquellas amnesias; era Carol, nos avisaba que Tom había muerto de un infarto en un tren europeo, que aquellos días de excesos habían sido sus últimos; «those booze days were his last funny ones», dijo, y que, ahora sin su socio, no la volveríamos a ver.
Busqué una foto que me había tomado Tom, en la imagen estamos brindando los cinco, el vaso de Tom apoyado en la mesa y de fondo, nos abraza, furioso de belleza, el mar atlántico de Río de Janeiro.

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