Una publicación efímera, como todo

La ciudad es un tejido de caminos

In Crónicas, por Patricio Pérez on 9 abril, 2014 at 10:24
Calle San Martín de la ciudad de Córdoba un sábado por la tarde. (foto MR)

Calle San Martín de la ciudad de Córdoba un sábado por la tarde. (foto MR)

por Patricio Pérez

Toda ciudad tiene sus orfebres. Sus artesanos. Sus personal trainers, sus albañiles; toda ciudad tiene sus comerciantes de sándwiches, sus zapateros, sus clérigos. Toda ciudad tiene sus oficios y los oficios caminan por la calle.

La calle es un tejido de caminos que se desovilla a la noche, cuando le sale el comerciante y entra el malevo: también un oficio, infame pero no menos real.

 

En Córdoba, alcanzan diez minutos de mirar a la gente que camina por la San Martín para sorprenderse, y quince para curarse de espanto. Si uno las quisiera clasificar, terminaría con tantas especies como personas.

 

El sonido de Córdoba es el comechingón. Eso me dijeron una vez: la típica melodía del acento cordobés se hereda de cómo hablaban los comechingones. Ellos vivían en cuevas subterráneas antes de que Córdoba fuera Córdoba.

Poco a poco los civilizadores fueron, bárbaramente, ganando terreno a los matorrales, a la vez que se burlaban del grito de guerra del indio que quedó relegado al pastizal. En cuestión de un siglo quedó establecido el cuadriculado que hoy tiene de testigo al paseante.

Los oficios fueron llegando, como se dice, en una ola.

 

Fueron primero los fundadores, los virreyes, los jesuitas, los militares, los adelantados y los carceleros.

Luego llegaron los sastres, los pintores, los comerciantes, los carpinteros, los zapateros. Llegaron 113 faroles de sebo que se encendían en las noches sin luna. Hablan de veinte mil mulatos y negros y de los calabozos del Cabildo. De la naciente Universidad que es, hasta hoy, historia viva.

Luego llegaron los torneros, los herreros, los primeros gremialistas. Llegó el ferrocarril. Llegó el gringo. Llegaron los perfumes de carbón y acero; treinta mil toneladas semanales de cereales a la provincia de Salta. Se fundaron cuatro pueblos que hoy son barrios: General Paz, San Vicente, Alberdi y Alta Córdoba. Se recibió con entusiasmo la cruzada de Thays y Crisol contra los barrancos salvajes, y más tarde se iluminaba un flamante parque francés. Llegaron los astrónomos y los banqueros. Proliferaron los músicos y los poetas.

Llegó la Reforma: Deodoro Roca en 1930, el aire fresco de la Universidad. La hora americana. La Autonomía. Llegaron los aviones, muchísimos aviones, que nacían acá y se iban volando; llegó la gran clase obrera, los tangos, llegaron fusilamientos en un violento año 69, la contaminación por causas antrópicas, la fibra óptica; el uranio y las telecomunicaciones. Llegó el cuarteto, el poder de los barrios y la nueva cultura escrita y cantada desde los barrios. Llegaron también los que tienen por oficio la violencia, libres hasta hoy en su abuso. Llegó un pueblo cada vez más consciente de su capacidad de voltear a un corrupto.

 

Uno podría sentarse con el anotador en la mano para hablar con una persona en la calle San Martín, a lo sumo dos.

Siéntese señor, el café lo invito yo con la condición de que me cuente un pedacito de su vida. Una entrevista de comechingona melodía. La tentación inicial de preguntar a qué se dedica. Cómo es su casa, cuánto tarda en ir y venir; cómo son sus hijos, si han estudiado, si están acá, si han tenido hijos. A dónde se va de vacaciones. Cómo es un día normal, bajando los pies de la cama sobre el piso frío de losa y volviéndolos a guardar hinchados, doloridos, un poco después del ocaso, de las empanadas y del horario central de los noticieros.

Dicen que por el fruto se conoce al árbol.

Pero, ¿puedo hablar yo de Córdoba a partir del cordobés que entreviste?

¿Son todas sus vidas iguales?

La Córdoba que imagino, capítulo a capítulo recapitulando un libro de Bischof, reconstruyendo nombres que no escuché, inundaciones que no viví, y fachadas de edificios que ya estaban destruidas cuando mis padres nacieron, cambia minuto a minuto. Las ciudades son un hervidero denso y constante de caminos que se entrecruzan.

Si yo recordara que por cada herrero hay un tachero, por cada artesano hay un académico, por cada ladrón hay un obrero y por cada policía hay un inocente, aprendería una importante lección de humildad: nunca se termina de conocer la ciudad en la que se vive, lo que cambia drásticamente lo que entendemos como «punto de partida».

Cuando uno siente que la conoce, en realidad, está mirando el patio de su casa.

 Ex ungue leonem («Por sus garras se conoce al león»), dicen.

¿No es vertiginoso todo esto?

El Globo flyer

 

  1. ¿conoce, Patricio, el poema, verdad? Ese que dice

    «Y la ciudad ahora es como un plano

    de mis humillaciones y fracasos;

    desde esa puerta he visto los ocasos

    y ante ese mármol he aguardado en vano.»

    Eso no le pasa a ud. que puede ver esa ciudad, como aparece, sin cargarle tanto encima. Lo envidio un poco.

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