Una publicación efímera, como todo

La muerte y los fantasmas

In Crónicas, por Patricio Pérez on 13 mayo, 2014 at 10:05

miedosopor Patricio Pérez

Al mediodía del viernes nos avisaron que teníamos que ir a descargar 10 pallets de polenta a Salsipuedes. Teníamos más ganas de irnos a la mierda que Hernán Lorenzino. Cargamos y agarramos la monseñor Pablo Cabrera; como era hora de comer elegimos un lugar donde más o menos pudiéramos negociar el plato del día para tres, sin que se note la miseria (cobrábamos los viernes, pero una vez terminado el laburo).

Me mandaron a negociar a mí. Eliminando el postre y la gaseosa llegué a un acuerdo razonable, y volví al camión con tres bandejas de ravioles con tuco. Cuando llegué, mis compañeros estaban sombríos y consternados. Siempre, cuando están los dos juntos (laburan hace tres años y yo me incorporé hace un mes) están ruidosos, jodones, cantores, payasos, un toque insoportables. Se saben burlar de mí por motivos impredecibles: mi cordobesismo incipiente, mi inutilidad en general, mi desconocimiento en materia de aceites de motor, mi fanatismo por ningún equipo de fútbol ni por ningún tipo de culo femenino canónico en particular. Pero volví con la raviolada y ahí estaban, oscuros los dos, callados, mirándose. Me senté en mi lugar (el medio, para recibir las risotadas de ambos costados) y les pregunté qué les pasaba.

“Murió Jorge Ibáñez”, me dijo uno.

Lo estaban escuchando por Cadena 3. Pensé que se trataba de una joda. Pero los dos seguían ahí, serios, de luto. Mientras la radio repasaba los detalles de la primicia hubo un auténtico minuto de silencio. Recién pasado el minuto dijo uno: “¡qué culiado! ¡Cómo se va a cagar muriendo!”.

Yo seguía pensando que era una joda. A estos tipos hay que agarrarlos con pinzas siempre. Pero hasta el más jodón de los dos estaba callado. Inmediatamente empezaron a discutir los detalles. (Se acordarán ustedes que su muerte, al principio, estaba rodeada de misterio y confusión).

Yo, sinceramente, no sabía muy bien quién era y no dije nada. Parece que estuvo en el Bailando. Los tipos me miraron como si fuera un insensible y yo, contrariado (listo para escuchar la carcajada), murmuré “sí, qué mal, tan joven”.

Claro. El Bailando. Si vos te encontrás a un tipo de lunes a viernes, todos los días a la misma hora, y te hace compañía mientras cenás con tu vieja, tu mujer y tus hijos, no te importa mucho si el programa es el símbolo vivo del sexismo y la decadencia cultural (como decimos todos). Te terminás encariñando, de alguna forma, con el tipo que te brinda su compañía. Terminás contando con esa compañía liviana, aunque los finos y los despiertos digan que es un grotesco circo mediático. El público “culto” que siente un enamoramiento feroz hacia Josephine Baker o hacia Bettie Page (OK, yo) decide ignorar que los filosos de la época podrían haberlas considerado putas a ellas y de mal gusto a todo su entorno. Mucho de lo que adoramos era hace cincuenta años más groncho que el decorado de un Pancho Villa. Es lo mismo.

El plus de ver a dos camioneros sintiendo un pesar real por la muerte de un homosexual declarado (de esos a los que ellos mismos saben chiflar por la calle) confirmaba mi idea. Uno puede llegar a encariñarse con esos tipos. No sé si con el propio Tinelli (su muerte causaría un revuelo de proporciones comparables a un cuento de Enrique Symns), sino con el tipo mal que mal modesto, metido en la bosta pero que todavía opta por hacerle compañía al televidente sin ser el dueño del circo sino un monito, un león o, en este caso, una mariposa.

Sin afán de desmerecer a quienes emprenden una cruzada cultural contra el Bailando (muy justa, además), diría que estas cosas son, en algún punto, rescatables. Bien argentas, si se quiere. Y que suceden.

Que un camionero se encariñe con un puto de la tele (esquivo voluntariamente el filtro) me parece un fenómeno raro, pero más real que las lolas de plástico. Y, en algún punto, conmovedor.

¿Por qué no?

Flyer Museo en El Colonial

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