Una publicación efímera, como todo

El Rey del arenero

In Crónicas, por Patricio Pérez on 30 mayo, 2014 at 13:02

Tamborcito

por Patricio Pérez

Carlitos es un tipo que conozco hace dieciséis años, de cuando los dos íbamos a un jardín por la calle Gutenberg, con patio adoquinado y regido absolutamente por mujeres de cuarenta para arriba.
Carlitos no era tímido. Dice el proverbio que si sos chino y perdés a tus amigos en el boliche, es más fácil hacer amigos nuevos que encontrar los que ya tenías. Esto era especialmente cierto para Carlitos, que no sólo no era chino sino que era rubio y carilindo, esas cosas que por acá caen bien de entrada. Tenía (estoy hablando de un pibe de cinco años de edad) una majestuosa confianza en sí mismo; toda la que necesitaba para ser, en ese momento, el rey del arenero.

Terminado el jardín le perdí el rastro a Carlitos. Lo recordaba más o menos. Era una cosa que pasó en la infancia y que no volvería a encontrar, como el pecaminoso placer de acostarse tarde o los chocolates pumper nic. Pero hete aquí que lo encontré años más tarde, y como buen líder que era, Carlitos se acordaba de mi cara aunque yo no me acordaba muy bien de la suya.
Esta vez nos encontrábamos en la secundaria. Yo siempre fui retraído, malo para los deportes y (hasta que las decodifiqué) las mujeres, y cada tanto me imaginaba que Carlitos sería de aquellos que las tienen clarísimas a todas esas cosas. Pero me encontré con un tipo venido a menos, callado, inseguro, rubio todavía pero desprolijo, arisco, todo lo arisco que puede ser un pibe de dieciséis o un rey en decadencia.
No me animé a preguntarle qué le pasaba sino que simplemente lo adiviné: la adolescencia le había pegado mal. Puede parecer una gansada, pero es cierto que esta etapa de la vida (la más bonita, y por momentos la más odiosa) tiene consecuencias impredecibles.

Un día veníamos caminando por la Yrigoyen, una calle repleta de vidrieras, y yo veía que Carlitos relojeaba con falso desdén las publicidades de ropa, sin reprimir la mueca de asco cuando aparecía un tipo mostrando su caja de ravioles. Me tomé la molestia de acompañarlo todos los días unas cuadras para corroborar que esto era efectivamente así.
Era pibe, pero algo entendía: aquí y allá, tipos en bóxer le estaban diciendo a Carlitos cómo tenía que verse y de qué tamaño tenía que tenerla para volver a ser el rey del arenero. Y no hay nada peor para un rey derrocado que le recuerden que han venido reyes mejores. En esa época no contábamos con el lubricante del alcohol, así que tuve que arrancarle esta confesión a Carlitos casi por la fuerza, y casi inmediatamente no me volvió a hablar.

Ya no voy mucho a Corrientes, pero la penúltima vez que fui supe de un chabón al que llamaban Mosca. Un tipo rubio y carismático, accesible, magnético, líder punk de la nueva escuela, algo así como un pastor con un rebaño de ovejas negras. Había dejado la secundaria en el último año y andaba por las plazas todo el día manejando a la hueste aunque no se subía nunca a un skate. Nadie sabe de dónde salió, pero llegó como un rayo que partió todo al medio. Tal Mosca era Carlitos. No es por forzar un final feliz, pero el tipo realmente encontró lo suyo. Ahora andará por los veintidós, edad perfecta no para convertirte en el rey del arenero enfermizo que es la sociedad, sino para encarnar la voz de los que piensan que es un cargo insano.
Todo lo que le faltaba a este renegado era encontrar el grupo que se horrorizaba por las mismas cosas que él; dirigir a los que habían tenido esa adolescencia olvidable fuera del molde con la fuerza de su carisma natural, que yo conocía desde chico.

Cuando lo vi me saludó de pedo. No hizo mención a nada, y ni siquiera recibí esa mirada de complicidad esperable del que dice “creo que tenías razón”. Obvio que si lo llamaba Carlitos me sacaba cagando. Está perfecto, pensé. Al rey no tenés que pedirle que te diga gracias.

Flyer flores en la grieta

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