Una publicación efímera, como todo

Bondis

In Crónicas, por Patricio Pérez on 23 junio, 2014 at 10:29

colectivo2por Patricio Pérez

Una vez, cuando yo tenía diecisiete, Bettiana me regaló una revistita vieja que tenía en su casa, modesta, finita, fotocopiada. No tenía ni título ni año ni número ni publicidad, ni clasificados, ni agenda cultural, ni folios a color, sino apenas una nota editorial firmada por un tal señor Alelí.
Bettiana me explicó que, aunque no indicara nada, esa revista era para leer en un colectivo. No sé si se lo imaginaba ella o si el señor Alelí se lo dijo, pero hojeándola llegué a la misma conclusión: había poemas e ilustraciones varias pero todo hablaba de los colectivos.
Había cuentos manuscritos, viñetas cómicas. Había un poema de Girondo en la primera hoja, con una nota mecanografiada abajo: «que amaba los trenes y lo aplastó un colectivo». Había hasta un boleto de los viejos (la vistosa tirita de papel numerada con rayas diagonales, con cortes de serrucho al principio y al fin), que el editor, presumiblemente el misterioso Alelí, había fotocopiado al borde de una hoja. Y había una foto de un colectivo en Resistencia, un solazo, sólo tres o cuatro pasajeros; casi que podés oler el calor hirviente chaqueño, el murmullo a siesta, la ansiedad de llegar al barrio.

Una vez una chica me preguntó si yo tomaba colectivos en Córdoba. No, le dije, no me hacía falta. Su respuesta inesperada me dejó orsai: «Qué lástima. Te perdés una parte enorme de la vida cotidiana del cordobés».
En la calle la gente pasa y desaparece, no perdura nada, ni las vidrieras ni las estatuas. En el colectivo, sos parte del show. Interactuás con él hasta en sus mínimos rituales: el pequeño gesto solidario de pagarle el boleto a una persona, o el rito eternamente heroico de ceder el asiento. Si sube un músico, tenés que escucharlo cantar. Si te habla la vieja de al lado, es inútil salir corriendo.
Cualquier persona con la sensibilidad atenta (sensibilidad que no se deje embrutecer por una rutina desoladora) se da cuenta que el colectivo es un muestrario de la raza humana. Debe haber un millón de películas y libros sobre los colectivos, pero más me suenan las pequeñas anécdotas: un amigo que me juró estar perdidamente enamorado de esa chica de pelo negro, que siempre se sentaba en el tercer asiento a la izquierda y mira por la ventana, devotamente, mientras él la miraba a ella a su vez.

Nunca supe quién era el señor Alelí. Bettiana también me regaló una revista posterior, que era para leer en un funeral. Nunca tuve ganas de ir a uno, pero aprecié el gesto suyo y del señor, al que ya imaginaba como un duendecito chaqueño lleno de grandes ideas.
Me pareció urgente (espero que él lea esto) agradecerle una sola cosa: las ganas de encontrar poesía en lo cotidiano. Viajar pensando en Girondo hace que cada tumbazo en cada curva, cada roce con un cuerpo sudado y cada demora en una mañana de invierno sea un poco más llevadera.
Es una forma de no volverse tan locos, ¿no?

El Globo flyer

 

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