Una publicación efímera, como todo

24 horas

In Crónicas, por Analía Lorenzo on 6 febrero, 2015 at 14:25
Cartel en cantina del DF (foto A.L.)

Cartel en cantina del DF (foto A.L.)

por Analía Lorenzo (desde México, DF)

Dígame, es solo una pregunta simple. ¿Prefiere usted las 24 horas antes o las 24 horas después? No, no me responda que prefiere el momento presente, porque esa no es la pregunta. Si quiere, puede sintetizarlo en su cabecita como «pasado» o «futuro», aunque tampoco sería exactamente lo que le pregunto. Pero no, en esta cuestión no hay presente que se acepte. Es simple de reflexionar, es una pregunta muy sencilla. Fíjese en mi caso: pensaría en las 24 horas que me antecedieron y en lo que pronto me sucederá, a partir de este mismo momento, las siguientes 24 horas. Simple. El truco no está en los límites temporales de mi pregunta, más bien hay una trampa. La trampa está en el verbo. ¿Entiende? Usted no me responde con precisión, o hace que no me entiende, o responde rápidamente «el presente», pero en realidad su mayor temor reside en el verbo que yo le propongo. Usted tiene miedo a decirme qué prefiere. Por eso eligió el presente, porque no lo pone en riesgo. El presente simplemente es, no hay tanto margen de preferencias. Usted puede estar viviendo un infierno ahora, no importa si lo prefiere. Es. No, no me diga que todo depende del humor del presente, que si elige el futuro sea tal vez porque se encuentra en un momento presente por el cual desea el futuro. O en un momento presente por el cual desea el pasado.
El pasado es lo único que tenemos y nos queda. Todo lo demás depende de esa brújula infame que es nuestro ser. Nunca se sabe cuál es el norte.
– ¿De qué hablan?
– Le hice una pregunta sencilla que se niega a responder.
– ¿Está obligado a responder?
– Era un monólogo pero ahora lamentablemente es una conversación sin sometimientos. Lo que no entiendo es por qué no responde.
Hice nuevamente la pregunta, pero ninguno respondió de inmediato. Tras varios minutos, alguien dijo:
– Son lo mismo. En mi caso personal son lo mismo. Tengo una vida previsible.
– Debe haber algo distinto. Entre ayer y hoy. Aunque sea una sola acción.
– Claro, seguramente. De hecho, hoy veré, desde mi ventana, a la señora de los viernes, mientras que ayer vi cruzar la calle a la de los jueves. Si consideras ese hecho una diferencia, entonces no entiendo la pregunta.
– Veamos, tu vida es completamente rutinaria. Pero ayer, pongamos como ejemplo, no tuviste sexo y esta noche hay altas probabilidades que sí tengas sexo ¿Qué prefieres?
– No es determinante. Se sobrevalora el sexo. Igual me gusta pero tanto como mi apatía y soledad.Son estados que me provocan placer, no veo gran diferencia entre estas 48 horas que plantea.
– Entonces, ¿si pensamos en el clima? Ahora y las 24 horas que anteceden a este momento ha hecho calor. El pronóstico y esa nube de ahí, predicen probables lluvias para las siguientes 24 horas…¿Qué prefieres?
– El clima no parece variable a tener en cuenta. No me convence, si habláramos de oxígeno, puede ser pero el clima es constante, aunque llueva.
– Todo esto es una trampa. No se eligen las 24 horas pasadas por más maravillosas que sean. Las que siguen es lo natural para el ser humano. El hombre como especie es acción, futuro, vida. El pasado por definición es muerte. Tu trampa reside no en el verbo sino en el binomio vida-muerte; y nadie debería elegir la muerte.
– Si supieras, tal vez, que en las siguientes horas morirías elegirías estancarte en las horas anteriores. Pero el futuro es solo una especulación.
No estoy de acuerdo. A medida que discutimos el eje temporal que determina las 24 horas antecedentes o procedentes, también se modifica. ¿Incluimos el presente, este preciso instante, como parte de las 24 horas pasadas o de las 24 horas futuras? Si bien el mañana puede ser una repetición aparente del hoy, ciertamente no es una repetición de este momento. Esta conversación tiene lugar en el presente, lo que nos ubica en un limbo. Pero no se trata del momento, esta conversación sin lugar a dudas es parte del pasado.
Siempre se trata del momento. Hay momentos fundamentales sobre los cuales se erigen nuestros recuerdos o nuestras expectativas. El nacimiento de un hijo, por ejemplo. Mi esposa dice que ella hubiera estado eternamente embarazada. Esa es una preferencia clara. Pero ni pasada ni futura, ella se hubiera quedado en un estado, en un momento.
Sin embargo, pongamos otro momento fundamental, la muerte de alguien. Yo preferiría vivir siempre las 24 horas anteriores de la muerte de alguien querido. Y ni hablar del muerto, que seguramente se quedaría también en sus horas pasadas al saber qué le depara el día futuro.
En ambos casos, o en los tres casos suponiendo que el muerto vote, el tabulador muestra una clara preferencia hacia las 24 horas pasadas. El futuro es la muerte. Del pasado tenemos certezas de que se estuvo vivo. Pero en cuanto a las próximas 24 horas, diría que hay casi un cien por ciento de probabilidades de morir.
Hoy, por ejemplo, hubiera preferido toda la vida de ayer. Hoy, hubiera preferido estar en el ayer.
No sé, insisto, vale más un hoy que dos mañanas. Yo creo eso. Lo escuché en un capítulo de los X Files, es completamente cierto. Tanto que la verdad está allá afuera y que quiero creer.
La carcajada fue al unísono.
En esto de citar a célebres, siempre cae bien un Borges. Dice Borges que dijo Blacke que una hora son sesenta palacios de oro, con sesenta puertas de hierro. Nadie como Georgie para hablar del tiempo.
Pero, ¿qué espacio temporal ocupa el dormir? No es el hoy, ni el mañana, y digamos que, por lo menos, es otro tipo de palacio de oro. Y dormir es parte de la vida, no como dicen los que duermen poco, que para qué si está la eternidad para descansar. Eso es mentira. El cuerpo muerto no tiene electricidad, se pudre, desaparece, no duerme. No puede soñar. A la vez, si bien soñar es algo magnífico, uno no podría preferir estancarse en el momento del descanso porque lo mejor del efecto sin dudas es despertar. Entonces, tal vez no prefiero ni las 24 horas anteriores ni las posteriores, elijo el momento al despertar. El pasado es algo tramposo. El futuro es relativo. Pero el despertar. El café del despertar, esa sensación de re acomodamiento al mundo, ese volver a nacer no vuelve a aparecer durante el resto del día.
Mmm, ahora que lo nombras. El café se descubre gracias a unas cabras locas que se ponían «bien acá» cuando comían esos granitos rojos de la planta mágica, cien siglos después, en Londres, el café se convertirá en un lugar propicio para la igualdad. Y hablamos de Londres, no broma. El café es tan poderoso como para hacerme desear las 24 horas que siguen.
El Papa dijo algo al respecto. Lo tuiteó.
¿El Papa? ¿Qué Papa?
El Papa, o el equipo de redes sociales del Papa, el gurú del Vaticano, no te hagas.
¿No jodas que sigues al Papa en Twitter?
Yo no, mi madre. La cosa es que mi madre retuiteó al Papa diciendo «pasado pisado y presente de frente».
No suena muy bíblico, ha de tener cola que le pisen el cabrón.
Tal vez sea el ingenio gaucho, no sé, pero en lo de pasado pisado, ya hemos coincidido: lo mejor del pasado es que ya pasó. Pero, qué quiere decir con el presente de frente.
No sé.
Me niego a hablar del Papa. Pero mira qué cosa más rara: «Falta una hora» no es lo mismo que «Falta un ahora»; ¿no te resulta misterioso el lenguaje? Un estúpido espacio, un error de tipeo y de faltarte una hora, pasas a no tener presente.
El tiempo no significa una mierda.

(@anetlepoet)

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