Una publicación efímera, como todo

The Stickmen: Rock en el Teatro

In Música, Opinión, por Patricio Pérez on 5 junio, 2015 at 10:03
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por Patricio Pérez

«¿Trajiste el monóculo?«, me bromea Lucas mientras entramos. Me río pero no lo entiendo muy bien, hasta que miro alrededor: sí, tiene razón, todo es bastante lujoso. Me basta mencionar los ambientes inmensos y bien adornados del teatro: el gran telón del siglo XIX, la platea y los cuatro palcos, las columnas de mármol, y la cúpula que brilla a lo alto con luz propia, como si fuera de día. Pero no, son las nueve de la noche del miércoles 3 de junio. Está por dar inicio el show de The Stickmen, la banda liderada por Tony Levin, quien fuera parte de los míticos King Crimson, en su sexta presentación en la ciudad de Córdoba Capital; esta vez, dándose cita en el Teatro del Libertador General San Martín, y de la mano de Perro Producciones.

 

¿Rock en el teatro?

 

Llega el acomodador y nos indica dónde quedan nuestros lugares, vestido él también con un fino conjunto de camisa y chaleco. Tomamos asiento. Yo me pongo en perfil bajo, como suele hacer uno cuando no está vestido para la ocasión. Ojeo al público: algunos jóvenes cargaban mi misma facha cuidadosamente desprolija. También hay bastantes veteranos, bien vestidos y con porte solemne.

 

Estos detalles me parecieron relevantes para empezar a contar el perfil de lo que fuimos a ver. Algunos de nosotros, quizás un poco acostumbrados al rock de bar, probablemente entremos a lugares como el Teatro del Libertador con una expresión bastante torcida en la cara. ¿Qué clase de rock venimos a ver? Bah, ¿venimos a ver rock? Porque un veinteañero rebelde no puede evitar entrar ahí y sentirse un académico o una damisela parisina, si nos sinceramos.

 

A ver, chicos ávidos de cosas nuevas de todas partes del mundo: el rock en el teatro existe, y su poder te machaca la cabeza.

Bastó que tomemos asiento, aguardemos unos quince minutos a que se apague la cúpula (que se haga la noche en el teatro, por decirlo más exactamente), y que salga Markus Reuter en persona a dar el drone inicial con la Touch Guitar, para apreciar todo lo que el teatro permite en posibilidades de sonido.

 

Ahí es cuando te das cuenta de que viniste a ver un rock impoluto. No es para menos.

The Stickmen es un trío liderado por Tony Levin, considerado uno de los mejores bajistas del mundo. Surge en el 2007 a partir de un disco solista de este último, proyecto al que se adhieren rápidamente Pat Mastelotto, baterista de King Crimson, y poco después Markus Reuter, el as alemán del tapeo. A la fecha, los Stickmen cuentan con tres discos de larga duración, un disco en vivo, y una afición por las giras maratónicas en las que no sólo se dan el gusto de tocar en escenarios imponentes, sino también en ciudades modestas como (por citar ejemplos nacionales) Bahía Blanca y Santa Rosa de La Pampa. Su laburo es incansable: es justamente en estas giras donde se gestan y se aceitan las composiciones que irán a los discos.

 

En la corte del rey

 

Volviendo la vista al escenario, ves toda clase de pedales, instrumentos extraños y programadores electrónicos. El show tiene potencia de orquesta, y no hay mejor lugar posible para desarrollar un repertorio de esas características que el lugar en el que nos dábamos cita.

Cuando al fin estuvieron los tres hombres en escena, me acordé de esa frase de Brian Eno, otro gran revolucionario de la música en los ochenta: «hay ciertos discos que podrán vender tan sólo mil copias, pero cada persona que las compre formará una banda«.

 

Creo que es una buena forma de explicarlo. Uno ve a los Stickmen en vivo, y no ve sólo tres músicos: ve una infinidad de posibilidades en la música. Los tipos son un cuadro. Sírvase como ejemplo extremo (entre tantos otros posibles) de esto nada más que un pasaje: el baterista Pat Mastelotto agarrando la botella de agua de la que había estado tomando y arrugándola al micrófono, para generar un extraño sonido, entre quebrado y quemado, que iba a tono con la composición que estábamos por escuchar, titulada «Industry«. Llegado cierto momento decís: «bueno, esto se estabiliza, che, no hay nada más que inventar«: llega un explosivo tributo a Stravinsky en rock progresivo, o una delirante canción sobre un colisionador de hadrones. Las posibilidades dan un poco de vértigo.

 

Y todo provisto de una desnudez total.

No hubo telón. Los instrumentos estaban allí para que el público los juzgue o se intrigue, desde el ingreso a la sala hasta después del final; una verdadera parafernalia lista como un arsenal.

Pero así como podías ver todo, sin disimulo ni disfraz alguno, la destreza de los músicos te dejaba con la boca abierta. Ahí donde el sonido era más rico, más variado, veías a Tony Levin agacharse y sonarse la nariz: ¿de dónde está viniendo todo eso? Si supiera yo la mitad de sus secretos, hubiera salido del teatro sintiéndome un Buda.

 

De viajes y sonidos

 

Actualmente los Stickmen están embarcados en una gira por América Latina que finalizó, justamente, el miércoles 3 de junio en la capital cordobesa. A razón de cuatro o cinco shows por semana, puede decirse que es una de las bandas con más intensa actividad; y no está de más mencionar, también, que cada músico posee proyectos por su propia cuenta.

En la conferencia de prensa que brindaran en el Grand Hotel Victoria, un día antes del show en el Teatro, tuvimos la oportunidad de compartir, de primera mano, temas como la impresión que les genera el público argentino. El baterista Pat Mastelotto, gran maestro del resumen, lo dijo escuetamente y con una sonrisa: «entusiasmo«. Adelantaron que tienen planes de grabar más discos en vivo, y afirmaron conocer, admirar y haber trabajado con varios músicos de nuestro país.

Que no sorprenda a nadie. Los Stickmen, lejos de todo hermetismo del músico caricatura, poseen gestos únicos de cercanía con el público y las ciudades donde se presentan.

Levin, por ejemplo, mantiene desde el año 1994 un blog personal llamado Tony Levin’s Road Diary. Él relata que, al principio, lo utilizaba para vender discos por Internet; tarea complicada hoy, ni hablemos del año ’94 cuando el grueso de la gente no sabía ni que Internet existía. Poco a poco fue virando a un blog un poco más del tipo bitácora: descubrió que a los fans, y al público en general, les interesaba mucho el backstage de cada presentación. El blog está lleno de notas de color sobre las ciudades que visitan, datos que Tony se encarga de relevar en persona. Así, uno puede enterarse que los rituales predilectos de Levin en Buenos Aires son el café de La Rambla y las pizzas del Cuartito.

 

Ídolos de carne y hueso

 

Así como vimos un show impecable como un paisaje, no cuesta ver en los Stickmen ese lado humano, que nada tiene para ellos de estrella ni para el público de cholulaje. Es la posibilidad de tratar de igual a igual con el músico, cuya capacidad te deslumbra pero del cual terminaś sabiendo que no es más que un ser humano haciendo lo que le gusta.

Como cuando los humos se disipan después de la batalla, los Stickmen se acercan al proscenio, saludan, y sacan una foto del público que los vitorea. «Vamos a estar afuera… en lobby… para vender unos discos y decir hola«, dice un divertido Levin al micrófono, sonriente, contagiado de ese entusiasmo que cae de los palcos del Libertador.

Es difícil decir que la música no es más que esto. Los Stickmen reivindican este principio.

Además de su explosiva interpretación, ésa es la impresión más fuerte que me dejaron: mantener la humildad. Cosa destacable hoy, que la música, tomando lo peor del espectáculo, no pareciera más que un complicadísimo circo de negocios y soberbia.

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