Una publicación efímera, como todo

¿Cómo olvidarme de ella si la veo en todos lados?

In Crónicas, por Patricio Pérez on 24 diciembre, 2015 at 16:01
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por Patricio Pérez

Yo sé que es difícil (¿será?), pero el corazón no reconoce autoridad en las cosas que a primera vista parecen razonables. A saber: pagar el alquiler, llegar temprano al laburo, y no comprar choripanes rosé en locales no habilitados cuando te sorprende el hambre por la Colón de madrugada.

Mi insensatez me motivó a enamorarme de ella. La vi por primera vez en una parada de colectivo. Su sonrisa blanca, su largo pelo negro, sus ojos radiantes.

Empecé a pasar todos los días de camino al trabajo: ahí estaba siempre. Fueron dos semanas de encuentros fugaces, en los que yo la miraba con el mayor disimulo posible. No sea cosa de que algún transeúnte casual se diera cuenta de cómo me derretía yo de amor por ella, que sonreía siempre en la parada del 74.

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Una mañana la vi en el laburo. Yo limpiaba tranquilamente los vidrios del bar con papel de diario cuando, al dar vuelta una hoja, apareció. La misma sonrisa, ahora enfocada desde abajo, la cabellera de sirena mediterránea recogida y flameante sobre sus hombros en una media cola. Julieta Díaz estaba vestida con un traje navideño: abajo, se anunciaban los beneficios especiales de Navidad con la tarjeta ICBC en todos los locales adheridos.

¿Cómo olvidarme de ella si la veo en todos lados? En las paradas de colectivos, ocupando una hoja entera en un tabloide, y en una valla de cinco metros de ancho ante un edificio en construcción por Deán Funes.

¿Y qué voy a hacer después? Cuando se termine la Navidad, y con la Navidad los descuentos, y su cara desaparezca de todos lados, y vuelvan a aparecer las mismas caras de siempre: Shakira junto a un perfume, Tévez con un yogur cremoso, los garcas de amarillo. A veces pienso qué lindo sería que fuera Navidad todo el año, y junto a la Navidad ella, posando imponente sobre un costo financiero total del 3,83%.

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Lo que sí sé es que ya no camino de la misma forma por la calle.

En la vereda de un alojamiento por Paraná, una chica alta y corpulenta me ofreció salir a dar una vuelta.

Yo la escuché, como en medio de una niebla, en mi abstracción de romántico por desaparecer.

— Perdoname —le dije—, mi corazón ya es de otra.

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