Una publicación efímera, como todo

New kid in town

In Crónicas, por Patricio Pérez on 6 mayo, 2014 at 14:22

dark city OK

por Patricio Pérez

Hoy me desperté por primera vez en mi departamento nuevo. Bostecé, abrí los ojos y miré a la ventana. Córdoba estaba nublada. Entraba una brisa fría y se veía la torre puntiaguda y muy adornada de la iglesia de las Carmelitas Descalzas. Lunes a las ocho de la mañana.
Sentí una felicidad en las tripas que empezó a rebotar por todos lados. Hoy todo está de estreno: los vecinos, los edificios, la cama (uno de sus usos), las nubes y el parquet, la plaza y la brisa fría. Y ahí nomás me levanté sintiéndome Napoleón con un reino recién conquistado.

Acá es cuando un columnista de filo intelectual promedio diría «pongo un disco, me prendo un cigarillo, camino a la biblioteca y elijo un libro de Borges».
Me encantaría poder contarles esto. Pero hoy no pasó. Yo me levanté y empecé a renegar con el cuerito de la canilla. Me inundó todo el baño el hijo de puta. Me lavé los dientes en la cocina, y sin cepillo porque me lo olvidé en lo de un amigo. Por algún motivo, la cafetera no arrancaba; le saqué el filtro a esa máquina destartalada y, sintiéndome un ingeniero, lo usé para echar algo del brebaje divino en una taza que encontré en una de las cajas del piso. Cuando terminé, me di cuenta que me había olvidado de comprar azúcar. Me lo tomé así, como un macho colombiano, y sin una miga de pan para comer.

8 de la mañana de un lunes. Soy optimista pero no boludo: en circunstancias normales, esto no es lo que se llama «un día que arrancó bien».
Sin embargo, hoy no es una circunstancia normal. Hoy es el dulce after de la engorrosa mudanza.
Hay que aprovechar. Las mudanzas despiertan esa fascinación de las cosas nuevas. Una fascinación a prueba de todo, como cuando le mirás las manitos a un bebé y no te importa si llora o te vomita. Si el departamento es una bosta y las expensas son una estafa, hoy no viene al caso. Es mío. Lo elegimos con Lucas y lo fuimos llenando de a poco.
«En el principio era la nada: ni una silla y un piso lleno de polvo…»
Subimos los muebles por el ascensor, traje y ubiqué hasta el último tenedor desdentado. Tenemos cortinas, jaboneras, todas esas cosas que pensás que en la puta vida te van a servir. Algún día, también, lo pintaremos, dedicándoselo a otro forro que va a vivir donde nosotros vivimos, cuando nos tengamos que ir para siempre. Y por fin (realmente, ¡por fin!) me desperté acá, hoy, con dos años por delante, y sin dar más de la alegría.

¿Qué voy a hacer cuando se pase esta fascinación? No sé.
Todo se vuelve viejo en algún momento. Te das cuenta cuando se gasta, se opaca, o se le cae todo lo que antes estaba medianamente en su lugar. El tedio entra a reemplazar al «qué copado». Pero eso no es material para hoy.
Ayer me mudé. Sería un idiota si empezara a escribir sobre lo malo. Ahora es el momento de organizar una fiesta, una vez que arregle ese cuerito de mierda.

El Globo flyer

 

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