Una publicación efímera, como todo

Mujeres de la vida miserable

In Entrevistas, Internacionales, por Analía Lorenzo on 24 octubre, 2010 at 21:47

México está catalogado como un país de origen, tránsito y destino de víctimas de trata de personas, el tercer delito más lucrativo del crimen organizado, después de los tráficos de drogas y armas, al generar utilidades superiores a los 16 mil millones de dólares anuales a nivel mundial. La periodista Lydia Cacho ha investigado este universo maldito.

por Analía Lorenzo (especial desde el DF, México)

DEMONIOS DE LA PROFESION. “Durante dos años todo el mundo quería hablar conmigo del crimen organizado, de los gobernadores preciosos. Mi vida quedó prácticamente secuestrada por estas circunstancias”, relata la periodista mexicana Lydia Cacho que, desde la publicación de su investigación Los demonios del Edén, no ha podido librarse de una seguidilla de salvajes hostigamientos. El episodio conocido como «el gober precioso» no es más que uno de los muchos actos de intimidación y amenaza por parte de empresarios en mancuerna con gente de gobierno que Cacho ha recibido desde que se dedica a investigar las redes de pederastas y, ahora, trata de blancas en América y en el mundo. En 2007, todavía caliente el escándalo del 2005, la entrevisté y en aquella oportunidad, adelantó el trabajo que hoy presenta.
—¿Lleva un recuento de la cantidad de amenazas que ha recibido?
—Francamente he dejado de llevarlo, por salud emocional. Hace meses fue el atentado de la camioneta, fueron mis agentes federales quienes lo descubrieron y hasta la fecha la PGR no ha mandado a investigar nada, simplemente me mandaron a una persona para hacerme un estudio psicológico al que me negué, querían saber si era verdad, a pesar de que mis escoltas —agentes federales— declararon que ellos descubrieron el atentado y que de no haberlo notado a tiempo, la camioneta hubiera volcado. La Fiscalía para periodistas no muestra ningún interés. Hace unos días una ministerio público federal, de la PGR, me dijo: “Mire licenciada, para serle franca, cada vez que el Gobierno quiere desaparecer un caso, crea una fiscalía, es la mejor manera de congelar las investigaciones”.
—¿Emprenderá una nueva investigación periodística?
—Sí, sobre trata de mujeres. Es un trabajo que empecé hace dos años, no me da miedo. Una de las cosas que me han motivado cuando estoy agotada y me he sentado con mi familia a llorar, porque damos un paso adelante y diez atrás, es ese sentimiento que tiene que ver con que hay colegas que han vivido lo mismo que yo, pero no llegaron vivos: 37 colegas muertos no es un tema menor. Nuestras únicas herramientas son la palabra y la verdad, a veces con la cámara, a veces con la pluma.
México está catalogado como un país de origen, tránsito y destino de víctimas de trata de personas, el tercer delito más lucrativo del crimen organizado, después de los tráficos de drogas y armas, al generar utilidades superiores a los 16 mil millones de dólares anuales a nivel mundial. Escudriñar, preguntar, infiltrarse en estos ambientes puede tener un costo muy alto. Lydia lo sabe. Y aún así, por ética y coherencia profesional, en el país en el que mayor riesgo corren los periodistas para ejercer su oficio, supo hacer su trabajo. Una vez más, al igual que cuando abordó el tema de la pedofilia, esta mujer se jugó la vida para aportar un granito de arena en el intento de salvar otras muchas: la de mujeres y niñas que son brutalmente vendidas, violadas, explotadas en un circuito nacional y mundial de compra y venta que actúa impunemente frente a la mirada impotente (o comprada) de las autoridades.
Lydia Cacho comenzó por realizar un trabajo hormiga para trazar las rutas de la trata. En primer lugar, intentó contactar a las víctimas, para su sorpresa fue mucho más fácil de lo que creía: la Organización Interacional para las Migraciones (OIM) tiene refugios en casi todo el mundo. Y si bien las historias de las víctimas le dieron las rutas iniciales del delito, para sus viajes – literalmente, dio la vuelta al mundo– decidió basarse en las rutas del narcotráfico. Por eso, su libro comienza en Turquía, vértice del triángulo dorado de la heroína hacia Asia Central y Europa: “Seguir ese camino fue un gran acierto para la investigación, gracias a mi instinto, porque la policía y los funcionarios negaban esa conexión entre las organizaciones criminales.”
Realizando esta travesía por las vías del mal, Lydia lloró muchísimo, tuvo miedo, se disfrazó, la persiguieron, estaba sola (por falta de recursos) y era mujer, lo que le dificultó asomarse de lleno en un mundo donde el macho violento impone la ley.
–¿Cuales fueron tus preocupaciones a la hora de describir la trata de mujeres?
– Hacer honor a la honestidad y la apertura de las víctimas que me contaron sus historias, no hacer algo seudo pornográfico de las historias, no alimentar el morbo.
–¿Cuál es la situación en México?
–Tenemos tres tipos de trata interna de alta peligrosidad porque va en aumento y la sociedad no se implica. La primera, es para servicio doméstico: Oaxaca, Chiapas y Guerrero son los principales provedores de niñas para ofrecerlas como trabajadoras domésticas en el Distrito Federal, Estado de México y Nuevo León. Luego, tienes el segundo que es la trata sexual: el 85% de las víctimas de trata en el mundo terminan en la industria del sexo comercial. La otra forma está vinculada con el narcotráfico: mujeres que son obsequios, que son robadas par ser regaladas a otros cárteles, a colegas o a sus jefes.
De prostituta a novicia. En todos los antros o bares en los cuales se presume hay compra y venta de mujeres, se toman fotografías y videos de la clientela, por tal motivo, Lydia debió cambiar el look y no parecerse a ella misma cada vez que los visitaba. “Yo estoy marcada en este mundo de la industria del sexo”, dice, y allí “todo se filma”. Es una práctica habitual en este delito: “Logré ver algunos videos de un lugar ya cerrado de Cancún y ahí estaban los hoteleros, ex gobernadores, periodistas, conviviendo, y no sólo en el ambiente general sino en los cubículos privados: todo se registra, es regla general.”
–¿Qué sensación te provocó encarnar a una prostituta?
– En dos bares bailé, y me di cuenta de cuántas mentiras se dicen al respecto de la industria del sexo. Sobre cómo la mujer cuando sube al escenario se siente poderosa, fuerte y controla a los hombres… cuando tú estás tras bamabalinas, el ambiente de las chavas es de desgaste, agotamiento, varias metiéndose tachas, drogas, coca, te ofrecen todo lo que se te pueda ocurrir, aunque muchas se cuidan de no emborracharse. Todo este ambiente no es sólo de decadencia erótica sino de angustia. Salir y bailar, hacer el numerito, fue una experiencia muy humillante. Yo iba sin juicios de valor, pero todo esto que para Hollywood es glamoroso pues no es cierto, es incómodo, ofensivo. Las chavas están hartas de los borrachos, muchas aborrecen a los hombres, se burlan de ellos, y casi todas sus relaciones afectivas, amorosas, son con mujeres… eso te empieza a hablar de la violencia que se ejerce constantemente en la prostitución.
–Y también te vestiste de monja…
– Cuando me vestí de monja estaba con dos novicias que me ayudaron, y es una experiencia que yo le recomendaría a toda mujer aunque sea por un día de su vida: todo el mundo te ve como a un ángel, te tratan como si fueras buena, pero sobre todo como si fueras inocua a la sociedad y eso es lo que les permite entrar, caminar, meterse.
–¿Qué viste tras tu cofia?
– Lo impactante para mí fue estar en los callejones de La Merced y ver a los tratantes actuar y ver a niñas pequeñitas… mi mente, en reacción inmediata, me dijo: ‘deben ser las hijas de las prostitutas’; pero cuando ves que baja un hombre con un medallón gigante de la Santa Muerte y toma de la mano a una y la sube…
–¡Qué impotencia!
– Mi instinto era hacerle tres llaves de yudo y llevarme a la niña pero no puedes hacer eso… porque no es una, son dos o tres, cientos de criaturas, adolescentes, jovencitas y las mujeres que te miran con cara de miedo y echan ojos a donde está el tipo para no hablar. Este es un mundo donde no se puede hablar.
–¿En todos los bares que visitaste había niñas pequeñas?
– No, no en todos los lugares. Sí hay menores de edad pero a las pequeñitas, hoy por hoy, las tienen escondidas. Durante los dos primeros años que investigué, tuve la posibilidad de verlas porque no era tan evidente mediáticamente la existencia de niñas y las ví en bares pequeños de Cancún, Guerrero o Veracruz pero ahora es prácticamente imposible. Las tienen separadas para clientes especiales como en Camboya o Tailandia.

En México, 85,000 de niñas son usadas en actos de pornografía y 16,000 son explotadas sexualmente cada año. El problema de trata interna “es monumental”. El periodista Roberto Saviano –perseguido por las mafias italianas y autor del prólogo de la investigación– resume al negocio de la trata y explotación de personas como una actividad que da “beneficios exorbitantes con riesgos mínimos”. La economía de la industria del sexo es tan importante que “nadie le quiere entrar”. La autoridad no es capaz de abordar el lavado de dinero en la trata de personas porque tocan intereses brutales, miles de millones de dólares al año, además del dinero que le aporta a cada municipio en permisos y protección. Para cambiar en algo el estado de situación “Tendríamos que comenzar a preguntarnos cuales son nuestras nociones del amor”, asegura Cacho y a reflexionar el daño que la cultura le ha hecho a los hombres y a las mujeres en general, con una genitalización de la masculinidad que esclaviza a los hombres y un mandato femenino alejado del desarrollo y el apropiamiento de una vida erótica digna.

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